Todos los seres vivos se reunieron alrededor de Vanemuine, sobre la colina de Taara. El dios cantaba, y cada criatura recibió una lengua según lo que pudo comprender y retener de aquella canción.
El río sagrado Ema eligió el susurro de su ropa. Los árboles del bosque escogieron el roce de sus vestiduras cuando descendía a la tierra. Por eso, junto a los arroyos que murmuran y bajo las ramas que se mueven, parecía sentirse muy cerca la presencia de Vanemuine y el espíritu de sus cantos. En el viento quedaron los tonos más fuertes. Algunas criaturas prefirieron los sonidos profundos del arpa; otras, la melodía de las cuerdas.
Los pájaros cantores, sobre todo el ruiseñor y la alondra, encontraron su belleza en las canciones sagradas del dios. A los peces, en cambio, les fue mal: asomaron la cabeza hasta los ojos, pero dejaron los oídos bajo el agua. Vieron cómo Vanemuine movía los labios e imitaron esos movimientos sin haber escuchado la música. Por eso quedaron mudos.
Solo los seres humanos pudieron aprender todas las notas y entenderlas. Así explicaba el relato que su canto pudiera conmover tan hondamente y elevar el alma hacia el trono de Dios. Vanemuine cantó la grandeza del cielo y la belleza de la tierra; cantó las orillas del Ema y la alegría y la tristeza de las personas. Su propia canción lo emocionó hasta hacerlo llorar. Las lágrimas atravesaron las seis capas de su túnica y las siete de su chaleco. Al fin se levantó sobre las alas del viento y volvió a la morada de Dios, para seguir cantando y tocando.
Durante mucho tiempo, aquel canto permaneció en las voces de los hijos y las hijas de Estonia. Cuando recorrían los bosques sagrados, comprendían el suave rumor de las hojas. El agua de los arroyos les traía pensamientos alegres. El ruiseñor les ablandaba el corazón y el silbido de las alondras les levantaba la mirada hacia lo alto.
Sentían que Vanemuine todavía andaba por el mundo con su arpa. Y así era: cuando los cantores de todo el país se reunían, él estaba entre ellos, aunque no lo reconocieran. Su presencia volvía a encender en sus pechos el verdadero fuego de la música.
En una de esas fiestas apareció una mujer anciana y desconocida. Tenía el rostro lleno de arrugas, le temblaba la barbilla y necesitaba muletas para apoyar un pie. Se hizo un lugar entre los cantores y empezó con una voz áspera. Cantó su hermosa juventud, los días felices en casa de sus padres y un presente en el que sentía perdida toda alegría. Después recordó a los muchos pretendientes que habían ido a buscarla y a quienes había rechazado. Su canción terminaba así:
«Del sur llegó el hijo de Sulev; más lejos anduvo el hijo de Kalev. El hijo de Sulev quiso besarme, el hijo de Kalev me tomó de la mano. Pero golpeé al hijo de Sulev y desprecié al hijo de Kalev: yo, la más hermosa de las muchachas».
Apenas terminó, una carcajada enorme recorrió la reunión, cruzó la llanura y volvió desde el bosque como un eco. La gente repetía sus últimos versos para burlarse de ella. Las risas no cesaron hasta que el mayor de los presentes ordenó silencio con severidad.
Entonces un anciano, sentado en un asiento adornado, empezó una canción magnífica. Quienes lo rodeaban sintieron una alegría honda, casi sagrada. Pero de pronto, a sus espaldas, una voz retomó los versos de la mujer. Las carcajadas volvieron a extenderse por la gente.
El mayor ordenó callar otra vez. También reclamaron silencio quienes estaban cerca del viejo cantor y habían podido escucharlo. Por fin se aquietó la reunión.
El anciano levantó de nuevo la voz desde su asiento. La canción encontró respuesta en todos los corazones: algo en ella los hacía pensar en lo más alto y valioso que conocían. Esta vez parecían dispuestos a escuchar hasta el final.
Pero una voz fuerte surgió otra vez entre la multitud y repitió la canción de la anciana. De nuevo estallaron las risas. El viejo cantor miró con ira a quienes tenía delante y desapareció de golpe.
Solo se oyó un estrépito poderoso, un choque y un vuelo que hicieron temblar a todos. Se les heló la sangre. Empezaron a preguntarse quién había sido aquel cantor de cabellos blancos.
—¿No era el propio Vanemuine? ¿Adónde se fue?
Nadie pudo contestar. El cantor seguía invisible y nadie volvió a verlo. Esa fue la última despedida de Vanemuine al pueblo estonio. Desde entonces, cuenta la historia, solo unos pocos músicos tienen la dicha de oír, muy a lo lejos, su voz y su instrumento. Son ellos quienes todavía pueden conmover a sus hermanos con el canto recibido del dios.




