A un joven campesino le había ido mal en todo. La cosecha se echó a perder, el heno se secó y murieron sus animales. Ya no podía cumplir las obligaciones que le imponía el señor de aquellas tierras. Un domingo, mientras los vecinos iban a la iglesia, él se quedó sentado a la puerta de su casa, hundido en la preocupación.
Por allí pasó Michel, un viejo que recorría los caminos. Tenía mala fama: decían que era hechicero, que les quitaba la leche a las vacas, enviaba granizo contra los cultivos y enfermedades contra la gente. Por miedo, en ninguna granja lo dejaban ir sin darle una limosna.
—Buen día, campesino.
—Dios te bendiga —respondió el joven.
Michel quiso saber qué le pasaba. El hombre le contó que todo salía mal.
—Me alegra que hayas venido. Dicen que podés hacer mucho daño, pero también que sos hábil. Quizá puedas ayudarme.
—La gente habla mal de otros porque ella misma es mala —contestó el viejo—. A ver, ¿qué necesitás?
Escuchó las desgracias y después preguntó si quería escapar de todas de golpe y volverse rico. El campesino no dudó en decir que sí. Michel sonrió.
—Si fuera joven y fuerte como vos, si tuviera valor para enfrentar la noche y supiera guardar silencio, sé lo que haría.
—Decime. Haría cualquier cosa para salir de esta vida.
El viejo miró a todos lados y bajó la voz.
—¿Sabés lo que es un kratt?
El campesino se sobresaltó. No lo sabía bien, pero había oído historias espantosas. Michel le explicó que era una criatura que cualquiera podía fabricar, siempre que ningún ojo humano lo viera hacerlo. Tendría el cuerpo de un palo de escoba, la cabeza de una jarra rota, la nariz de vidrio y dos devanaderas usadas por una anciana de cien años como brazos.
—Tenés que llevarla a una encrucijada tres jueves por la noche y decir las palabras que voy a enseñarte. El tercer jueves cobrará vida.
—¡Dios nos libre del Maligno! —exclamó el campesino.
—¿Ya tenés miedo? ¿Te conté demasiado?
El joven aseguró que no y le pidió que siguiera. Michel dijo que, una vez animada, la criatura sería su servidor. Solo su dueño podría verla. Le llevaría dinero, grano y heno tantas veces como quisiera, aunque nunca más de lo que puede cargar un hombre en un solo viaje.
—Si conocías semejante ayudante, ¿por qué no hiciste uno para vos? —preguntó el campesino—. Viviste pobre toda tu vida.
—Lo pensé cien veces y otras tantas empecé —respondió Michel—. Pero siempre me faltó coraje. Tuve un amigo que poseía uno y me contaba lo que hacía. Cuando ese hombre murió, el servidor quedó sin dueño y pasó bastante tiempo en el pueblo haciendo travesuras. Una vez destrozó todos los hilos de una mujer. Cuando fueron a retirar aquel desastre, encontraron un montón de dinero debajo. Después no se lo vio más. En aquel entonces me habría gustado tener uno. Ahora estoy viejo y ya no pienso en eso.
El campesino dijo que valor le sobraba, aunque quizá sería bueno consultar al pastor.
—A nadie —lo cortó Michel—. Mucho menos a él. Para darle vida, vendés tu alma al Diablo.
El joven retrocedió, horrorizado. El viejo trató de tranquilizarlo: a cambio tendría una vida larga y cuanto deseara. Además, cerca del final podría librarse del servidor si era bastante astuto.
—¿Cómo?
—Dándole un trabajo imposible. Pero no es fácil engañarlo. Mi amigo quiso despedirlo y le ordenó llenar un barril usando un colador. La criatura fue y vino sin descanso. El agua se derramaba, pero aprovechó las gotas que quedaban pegadas al colador y terminó llenando el barril.
—¿Entonces tu amigo murió sin librarse de él?
—Sí. Tendría que haber pensado mejor la tarea. Y hay otra cosa: tenés que alimentarlo bien. Un campesino dejaba siempre un plato de caldo bajo el techo para su servidor. Un peón lo vio, se comió el caldo y llenó el plato con arena. Esa noche la criatura le dio una paliza al dueño. Volvió a pegarle cada noche hasta que el hombre descubrió la causa y dejó un plato nuevo de caldo. Después lo dejó en paz. Ahora ya sabés todo.
El joven guardó silencio.
—Hay mucho en esto que no me gusta, Michel.
—Me pediste consejo y te lo di. La decisión es tuya. Tenés hambre y miseria encima. Esta es la forma de salvarte y hacerte rico. Con un poco de prudencia, hasta podés engañar al Diablo y quedarte con tu alma.
El campesino pensó un rato y terminó por pedir las palabras. Michel quiso saber qué recibiría a cambio.
—Cuando tenga al portador de tesoros, vas a vivir como un señor.
Entraron juntos en la casa. Desde aquel domingo, el joven dejó de aparecer por el pueblo. Abandonó el trabajo y permitió que se perdiera lo poco que quedaba en el campo. Su peón pasaba los días en las tabernas y la sirvienta dormía en la casa: nadie vigilaba nada.
Él trabajaba encerrado en una habitación llena de humo, con la puerta bajo llave y las ventanas tapadas. A la luz de una astilla de pino, ensamblaba la criatura en un rincón oscuro. Había conseguido todos los materiales, incluso las devanaderas de la mujer centenaria. Fijó la jarra al palo de escoba, colocó la nariz de vidrio y pintó de rojo los ojos y la boca. Después envolvió el cuerpo con trapos de colores.
Le daba un escalofrío pensar que podría animarlo y tenerlo a su lado hasta la muerte. Pero recordaba el oro que recibiría, y el miedo retrocedía. Cuando estuvo terminado, esperó al jueves y, después de anochecer, lo llevó a la encrucijada del bosque.
Lo dejó en el suelo, se sentó sobre una piedra y aguardó. Cada vez que lo miraba sentía que iba a caerse de terror. Una brisa le helaba los huesos; el grito lejano de un búho le parecía la voz de aquella cosa. Al fin llegó la mañana. Lo levantó y volvió con cuidado a su casa.
El segundo jueves pasó lo mismo. Llegó entonces la tercera noche, cuando debía completar el encantamiento. El viento aullaba y unas nubes espesas ocultaban la luna. A medianoche puso la figura en el cruce y pensó:
—Todavía podría hacerla pedazos, volver a casa y ponerme a trabajar. No tendría que hacer nada malo.
Pero enseguida se dijo que era demasiado pobre y que aquel servidor lo volvería rico. ¿Qué podía salir peor de lo que ya estaba?
Miró alrededor, se volvió temblando hacia la figura y dejó caer sobre ella tres gotas de sangre de un dedo. Pronunció las palabras que Michel le había enseñado.
En ese momento la luna salió de las nubes. Su luz cayó sobre el campesino y sobre la criatura, que empezó a moverse. Los ojos giraron espantosamente. El cuerpo dio una vuelta lenta y, al quedar de frente a su dueño, una voz áspera preguntó:
—¿Qué querés de mí?
El joven estaba tan fuera de sí que no pudo contestar. Salió corriendo sin saber hacia dónde. La criatura lo persiguió entre golpes de madera y resoplidos.
—¿Para qué me diste vida si ahora me abandonás?
Él no se animaba ni a mirar atrás. Entonces una mano de madera lo agarró del hombro.
—Al huir rompiste el pacto. Vendiste tu alma sin recibir nada a cambio. Me dejaste libre: ya no soy tu servidor. Voy a ser tu tormento y te perseguiré hasta la muerte.
El hombre corrió a su casa. La criatura lo siguió, invisible para todos los demás. Desde ese momento fracasó cuanto intentó. En su campo solo crecieron malezas. Se murieron los animales que tenía, se derrumbaron los cobertizos y todo lo que tomaba se le rompía en las manos. Nadie quiso seguir trabajando allí. Los vecinos terminaron por evitarlo, como si llevara consigo la desgracia.
En otoño ya parecía una sombra. Un día encontró a Michel, que lo saludó con una sonrisa burlona. El campesino se lanzó contra él con palabras furiosas.
—¡Dónde están tus promesas de riqueza! Me vendí al Diablo y ya vivo en un infierno. ¡Vos tenés la culpa!
—Tranquilo —respondió el viejo—. ¿Quién te mandó a meterte con esas cosas si no tenías coraje? Te advertí. En el último momento fuiste cobarde y lo soltaste de tu servicio. Si hubieras resistido, serías rico, como te dije.
—¡No viste la cara que puso al despertar! ¡Qué necio fui al dejarme tentar!
—Yo no te tenté. Solo te conté lo que sabía.
El campesino le rogó que lo ayudara. Michel se negó.
—Ayudate vos. Yo tendría más motivos para quejarme. ¿Dónde está la recompensa que me prometiste? ¿Dónde está mi vida de señor? El que engañó fuiste vos.
El joven prometió cumplir lo que fuera si recibía un consejo para salvarse. Pero el viejo le dio la espalda.
—Sigo siendo un mendigo por tu culpa. No tengo más consejos.
El campesino lo maldijo. Se había quedado sin su última esperanza. Después pensó que aquel tormento era, al fin y al cabo, algo que él mismo había construido con madera y pedazos de jarra. Debía existir una forma de destruirlo.
Corrió a la casa, donde ya vivía solo. La criatura estaba en un rincón, sonriendo.
—¿Dónde está mi comida?
—¿Qué tengo que darte para que me dejes en paz?
—¡Mi comida! ¡Rápido, tengo hambre!
—Esperá un poco. Ya vas a tenerla.
El campesino tomó un leño de pino encendido de la estufa. Salió corriendo y cerró todas las puertas desde afuera. Era una noche fría; el viento silbaba entre los pinos cercanos como un suspiro extraño.
—¡Ahora vas a arder, espíritu infernal!
Arrojó el fuego al techo de paja. Pronto la casa entera estuvo envuelta en llamas. Él reía, fuera de sí, y repetía que la criatura iba a quemarse. La luz despertó a los vecinos, que llegaron para apagar el incendio. El dueño los apartó.
—¡Déjenlo! ¿Qué importa la casa si él muere? Ya me atormentó bastante. Ahora le toca a él. Todavía puedo salvarme.
Nadie entendía lo que decía. El techo se derrumbó con un estrépito. El campesino gritó que por fin se había quemado. Pero de las ruinas humeantes se levantó la criatura, intacta, con un gesto amenazador que solo él podía ver.
El hombre lanzó un grito y cayó al suelo. Michel acababa de llegar y permanecía allí, sonriendo.
—¿Qué ves? —preguntó.
El campesino no respondió. Había muerto de terror.




