Un rey tenía cuatro ministros encargados de juzgar los asuntos de su pueblo. Un día conversó con un pastor y quedó tan satisfecho con su manera de pensar que ordenó mostrarle una sentencia reciente.
El pastor la leyó, no estuvo de acuerdo y la corrigió de principio a fin.
—Si sabés juzgar así, vas a ser juez —decidió el rey.
Pero el pastor puso una condición terrible:
—Mientras tenga ojos no puedo juzgar. Solo aceptaré si me quitan la vista.
Insistió hasta que lo dejaron ciego. Después le dieron una casa, escribientes y todo lo necesario para ejercer como juez principal.
Pronto su fama recorrió la región. Ricos y pobres, patrones y sirvientes, amigos y enemigos iban a buscarlo. Todos elogiaban sus decisiones.
Cierta vez llegaron un hombre y una mujer que discutían por un ternero. El hombre habló primero:
—Fui a su casa montado en mi mula. Un ternero venía con ella y, cuando la até, empezó a mamar. Esta mujer salió diciendo que el animal era suyo y quiso quitármelo. Juzgá entre nosotros.
Al mismo tiempo, en secreto, le hizo llegar una suma de dinero y un mensaje para que fallara a su favor.
El juez rechazó el soborno.
—¿Cómo voy a quitarle un ternero a alguien si la justicia no lo permite?
Después escuchó a la mujer.
—Yo solo tengo una vaca y su cría. Cuando este hombre llegó, el ternero se acercó a la mula y la tocó con el hocico, como buscando mamar. Él quiso aprovecharse: se lo llevó hacia su casa. Yo no podía permitirlo. Vine porque todos hablan de tu justicia.
El juez había oído las dos versiones. Resolvió que una mula no podía ser la madre de un ternero y que debían devolvérselo a la mujer, dueña de la vaca que lo había parido.
La decisión alegró a quienes la escucharon. Y el cuento dice que Dios tuvo misericordia de aquel juez: por medio del pañuelo de la mujer, sus ojos sanaron y volvió a ver.
Desde entonces juzgó con los dos ojos abiertos y la misma rectitud que antes. Lo hizo hasta su muerte; cuando murió, fue al cielo.


