Ndemi, Murciélago, vivía con su madre en un lugar apartado. Poco después de instalarse allí, ella enfermó gravemente. Ndemi llamó a Antílope para que la atendiera.
Antílope la observó con cuidado. Luego le dijo:
—Solo Joba puede preparar la medicina que necesita tu madre.
Joba era el Sol. Al día siguiente, Ndemi salió a buscarlo. Partió cerca de las siete de la mañana y lo encontró en el camino alrededor de las once.
—Justamente iba a verte —le dijo.
—Si tenés algo que decirme, decilo.
—Mi madre está muy enferma. Vení a preparar una medicina para ella.
Pero Joba no quiso acompañarlo.
—Tenés que ir a buscarme a mi casa. Si me encontrás en el camino, no puedo ir. Volvé mañana.
Ndemi regresó junto a su madre. El día se oscureció; llegó la noche y después amaneció otra vez. Esta vez salió a las seis. A las nueve encontró a Joba, que ya estaba recorriendo su camino.
—Cuando salgo de casa no vuelvo atrás —le explicó el Sol—. Tengo que seguir hasta el final de mi viaje. Volvé otro día.
Ndemi siguió intentando llegar a la casa. Durante cinco días seguidos hizo el viaje, pero siempre se encontró con Joba cuando ya había salido y no quería regresar.
Al séptimo día, su madre murió.
—¡Joba me la quitó! —dijo Ndemi, lleno de dolor—. Si hubiera venido a hacer la medicina, ella se habría recuperado.
Mucha gente se reunió para el kwedi, el duelo. Acompañaron el lamento desde temprano hasta la mañana siguiente. Entonces Ndemi anunció que había llegado el momento de llevar a su madre a la sepultura.
Llamó a los animales para que lo ayudaran. Entraron juntos en la casa, levantaron el cuerpo y lo llevaron hasta la tumba. Pero, antes de enterrarlo, los acompañantes se detuvieron.
—Tenemos que mirar su rostro para reconocerla —dijeron.
Abrieron el ataúd. Miraron a la madre de Ndemi y empezaron a negar con la cabeza.
—Tiene dientes y una cabeza parecida a las nuestras. Pero mirá esas alas. Es un ave. No pertenece a nuestra familia y no podemos enterrarla. Llamá a las aves.
Se apartaron y dejaron a Ndemi esperando. Él llamó a las aves. Llegaron pelícanos, águilas, garzas y muchas otras, grandes y pequeñas.
—Mostranos el cuerpo —pidieron.
Ndemi les indicó dónde estaba. Lo examinaron y también ellas se negaron.
—Tiene alas como nosotras, sí. Pero nosotras no tenemos esos dientes. No es de nuestra familia.
Mientras discutían quién debía hacerse cargo, habían llegado las hormigas. Se apoderaron del cuerpo y nadie consiguió alejarlas.
—Te había dicho que no convenía demorar el entierro —le reprochó una de las aves.
Las hormigas consumieron el cuerpo. Ya no hubo entierro. Las aves y los demás animales se marcharon.
Ndemi quedó solo. Pensó otra vez en las veces que había salido a buscar al Sol.
—Todo este dolor empezó porque Joba no quiso venir —dijo—. No quiero volver a encontrarme con él. Cuando aparezca, yo me esconderé. Ya no seremos amigos.
Y agregó:
—Voy a guardar el duelo por mi madre. No haré visitas. Saldré únicamente de noche, para no cruzarme con Joba ni con los demás.
Así explica este cuento que el murciélago se oculte durante el día y que su voz nocturna parezca todavía un llamado a su madre.



