Un sabio habló de un árbol que crecía en la India. Su fruto, dijo, tenía una virtud extraordinaria: quien lo comía alcanzaba una vida que no terminaba.
La noticia llegó a un rey. No quiso quedarse con el relato de aquella maravilla. Llamó a uno de sus cortesanos y le encargó viajar hasta encontrar el árbol.
El enviado partió dispuesto a cumplir la misión. Al llegar a la India empezó a preguntar. Quería saber dónde crecía, qué aspecto tenía, por qué camino podía alcanzarlo. Encontraba árboles de muchas clases, pero ninguno venía acompañado de la promesa que buscaba.
Algunas personas le decían que jamás habían oído hablar de algo semejante. Otras se reían de la pregunta. También había quienes señalaban un camino o nombraban un lugar, y el cortesano los seguía para descubrir más tarde que le habían dado información falsa.
El viaje se alargó. Cada nuevo rumor parecía acercarlo por un momento y después lo dejaba tan lejos como al principio. Por fin tuvo que volver a su país. Regresó sin fruto y sin haber visto el árbol.
Antes de dar por terminada la búsqueda, fue a ver al sabio del que había salido aquella noticia.
—Recorrí el país y pregunté por todas partes —le dijo—. No encontré lo que describiste. Necesito que me expliques dónde está.
El sabio se rio al escuchar hasta dónde lo había llevado la palabra.
—Buscabas ramas y hojas —respondió—. Yo hablaba del árbol del conocimiento. Es una imagen de la sabiduría que acerca a la vida divina. A veces la llamamos árbol; otras veces, sol, agua o nube. Cambiamos el nombre para señalar algo que no se agota en uno solo.
El enviado guardó silencio. Había preguntado por la forma de unas hojas cuando debía haber preguntado qué significaban aquellas palabras.
—Si te quedás aferrado al nombre —continuó el sabio—, podés caminar mucho sin acercarte a lo que nombra.
La larga búsqueda no le había traído el fruto esperado. Le había devuelto al lugar donde empezó, para escuchar de otra manera la misma historia.



