Un mercader tenía un loro en una jaula. El ave podía ver la habitación, seguir los pasos de su dueño y escuchar las conversaciones, pero sus vuelos terminaban siempre en los mismos barrotes.
Antes de emprender un viaje de negocios a la India, el mercader se acercó a la jaula.
—Voy a la tierra donde viven otros loros como vos. ¿Querés que les lleve algún mensaje?
El loro se afirmó en su palo.
—Deciles que estoy acá, encerrado. Ellos pueden ir de un árbol a otro y yo sigo en esta jaula. Eso es lo que quiero que sepan.
El mercader prometió hacerlo. Durante el viaje atendió sus negocios y, cuando encontró una bandada de loros, recordó el encargo. Se detuvo bajo las ramas y contó la situación del ave que había dejado en casa.
Apenas terminó de hablar, uno de los loros cayó al suelo. Quedó inmóvil. El mercader lo miró sin comprender. Había llevado una noticia y parecía haber causado una muerte.
Volvió a su país disgustado por aquel episodio. Al acercarse a la jaula, su loro quiso saber qué había sucedido. El mercader le contó la caída del otro pájaro y lo reprendió por haberle encargado un mensaje tan desdichado.
Pero entonces ocurrió algo peor: el loro de la jaula cayó de su palo y quedó tendido en el fondo, tan inmóvil como el de la India.
El mercader llamó al ave. No hubo respuesta. Se lamentó, abrió la puerta y sacó aquel cuerpo que creía sin vida. Ya no encontraba razón para dejarlo entre los barrotes.
En cuanto estuvo afuera y libre de sus manos, el loro abrió las alas. Subió de un vuelo y se posó lejos del alcance del mercader.
—¡Estás vivo! —exclamó el hombre.
—El loro de la India también lo estaba —respondió el ave—. Con su caída me mostró una manera de salir. Vos me trajiste su respuesta sin saber que era una respuesta.
El mercader seguía junto a la jaula abierta. El loro se sostuvo un instante sobre la rama, desplegó de nuevo las alas y continuó su vuelo.



