Cuatro personas viajaban juntas: una hablaba persa, otra árabe, otra turco y la cuarta griego. En el camino recibieron como regalo una moneda, un dírham, y decidieron usarla entre todos.
Parecía un asunto sencillo. Había una sola moneda y podían comprar algo para compartir. El primer viajero propuso enseguida:
—Yo quiero angur.
El segundo negó con la cabeza.
—No. Compremos inab.
El que hablaba turco se metió en la conversación. Ninguna de aquellas palabras le servía para pedir lo que tenía en mente.
—Lo que tenemos que comprar es uzum.
El cuarto escuchó a los otros tres y también creyó necesario corregirlos:
—Yo quiero astaphil.
La moneda seguía siendo una, pero los pedidos parecían cuatro. Cada viajero repetía su palabra, convencido de que los demás pretendían gastar el regalo en algo diferente. Las voces subieron. Pronto estaban discutiendo con tanta fuerza que nadie podía escuchar una explicación, aunque alguno hubiera sabido darla.
Un hombre que conocía las cuatro lenguas se acercó al oír la pelea. Los dejó nombrar otra vez aquello que querían. Luego les pidió un momento de atención.
—Están pidiendo lo mismo —les explicó—. Angur, inab, uzum y astaphil son palabras para las uvas.
Los viajeros dejaron de repetir sus pedidos. Miraron la moneda y se miraron entre sí. Habían discutido como si necesitaran cuatro compras, cuando un mismo racimo podía responder a las cuatro palabras.
El deseo que los había enfrentado era uno solo. Para descubrirlo, había hecho falta alguien que pudiera escucharlo en más de una lengua.



