Nasrudín subió al lugar desde donde iba a predicar y miró a la gente reunida. Todos esperaban que comenzara. Él se acomodó y, antes de decir otra cosa, hizo una pregunta.
—¿Saben lo que voy a decirles?
Los oyentes respondieron que no.
—Entonces, ¿qué voy a decirles hasta que lo sepan? —preguntó Nasrudín.
Y aquella vez el sermón no avanzó más que eso.
Otro día volvió a subir. La gente lo vio mirar a su alrededor y oyó de nuevo la misma pregunta:
—¿Saben lo que voy a decirles?
Esta vez se escuchó una respuesta distinta:
—Sí, lo sabemos.
Nasrudín pareció encontrar en aquellas palabras una razón suficiente para terminar.
—Si ya lo saben, ¿qué tendría yo que decirles?
Bajó y se fue. La gente salió detrás, asombrada. Afuera siguieron conversando. Algunos querían saber quiénes eran los que de verdad sabían; otros preguntaban quiénes todavía no sabían nada. Entre todas las preguntas, ninguno había escuchado el sermón esperado.
Cuando Nasrudín volvió a hablarles en otra ocasión, recordó las respuestas que había recibido.
—Entre ustedes hay quienes dicen que saben y quienes dicen que no saben —dijo—. Entonces hagamos una cosa: que los que saben les enseñen a los que no saben.
Después de tanta espera, había dejado la conversación en manos de sus oyentes.



