Nasrudín llegó a una fiesta de casamiento con la ropa que llevaba puesta desde la mañana. El traje era viejo y estaba gastado. Entró entre los invitados, saludó y esperó a que el dueño de casa le indicara dónde sentarse.
Pero el anfitrión pasó a su lado sin prestarle atención. Había personas que recibían saludos, indicaciones y lugares junto a la mesa; a Nasrudín no parecía verlo nadie. Se quedó un rato, hasta comprender que la espera no iba a cambiar mucho las cosas.
Entonces salió de la fiesta y volvió a su casa. Buscó un abrigo espléndido, con un borde de piel, se lo puso y regresó por el mismo camino.
Esta vez, apenas cruzó la puerta, el anfitrión fue a su encuentro.
—¡Bienvenido, Nasrudín! ¡Qué alegría tenerte con nosotros!
Lo acompañó hasta un lugar de honor. Apartó espacio en la mesa y le ofreció la comida con grandes muestras de respeto.
Nasrudín se acomodó. Después tomó entre los dedos uno de los bordes de piel de su abrigo y lo acercó a la mesa.
—Bienvenido, mi querido abrigo —dijo—. Servite, por favor. Comé lo que quieras.
El anfitrión dejó de sonreír un momento.
—¿Por qué le hablás así a tu ropa?
—Cuando vine sin este abrigo, no recibí ninguno de estos honores. Ahora que lo traje, me los ofrecen todos. Está claro que el invitado importante es él. Me pareció justo que también tuviera su parte de la comida.



