Hace mucho tiempo, en el poblado de Njambi, Mosquito y Oreja fueron a bañarse juntos.
Cuando salieron del agua, Oreja empezó a untarse con una sustancia suave y aceitosa. Mosquito se quedó esperando a su lado.
—¿Por qué no te ponés un poco de aceite? —le preguntó Oreja—. Te dejaría la piel más suave.
—Porque no tengo —contestó Mosquito.
—¡Ah, no sabía! Yo tengo bastante. Cuando termine, te doy una parte.
Mosquito esperó. Oreja se frotó despacio, sin apuro, hasta quedar conforme. Entonces juntó la cera aceitosa que le sobraba y la guardó adentro de sí misma, donde solía tenerla. No le dio nada.
Al ver que Oreja se llevaba lo prometido, Mosquito se acercó a la entrada.
—Vengo por el aceite que me dijiste que me ibas a dar.
Oreja no contestó. Llamó a Manos para que lo espantara. Manos fue hacia él de un lado y del otro, y Mosquito tuvo que apartarse.
Pero no se olvidó de la promesa. Volvió a acercarse y volvió a reclamar:
—Quiero mi aceite. Bzzzz… Quiero mi aceite.
Oreja siguió en silencio.
Por eso, dice el cuento, Mosquito todavía se arrima a nuestras orejas y zumba: está reclamando aquello que le prometieron. Como no recibe respuesta, protesta, se enoja y pica. Y Oreja sigue sin darle su aceite.



