El sha Alí quería conocer al hombre con más hambre de su reino. Le daba curiosidad saber cuánto sería capaz de comer si le servían los mejores platos. Anunció que un día almorzaría con sus cortesanos al aire libre, frente al palacio, y una multitud se reunió para mirar.
Cuando terminaron el primer plato, el sha subió a una tarima.
—Ya ven qué buena comida tengo. Quiero compartirla con quien de verdad tenga hambre. Díganme quién hace más tiempo que no come y que se acerque.
Salieron dos hombres de entre la gente. Uno tenía el pelo gris y estaba muy debilitado; el otro era joven y de cuerpo fuerte.
—¿Por qué pasás hambre? —le preguntó el sha al primero.
—Mis hijos murieron. El trabajo me dejó sin fuerzas y ya no puedo ganarme la comida. Hace tres días que no como.
El sha se volvió hacia el joven.
—¿Y vos?
—No encontré trabajo. Como soy joven y tengo fuerzas, me da vergüenza pedir. Yo tampoco comí en tres días.
El sha mandó que les sirvieran comida, pero en pequeñas porciones y sobre un solo plato. Los dos empezaron a comer con apuro. Mientras llevaban la comida a la boca, se vigilaban de reojo.
De pronto, ambos se detuvieron y se pusieron a llorar.
—¿Qué les pasa? —preguntó el sha, sorprendido.
—No tengo dientes —se quejó el hombre de pelo gris—. Mientras yo trato de deshacer un bocado, este joven se come todo.
—¿Y vos por qué llorás? —le preguntó el sha al otro.
—¡Porque no es cierto lo que dice! Mientras yo mastico la carne, él se la traga entera y no me deja nada.


