Un cazador era muy pobre. No tenía bienes para comprar una esposa, como plantea esta antigua historia, y un día salió al bosque a colocar trampas.
A la mañana siguiente fue a revisarlas. En una encontró a Mbindi, Cabra Salvaje, atrapada.
—¡Hoy voy a comer a Mbindi! —exclamó, contento.
Pero la cabra le habló:
—Dejame ir. Después va a venir Bwinge.
Bwinge podía sonar como el nombre de alguien, pero también significaba abundancia, o más. El cazador creyó que la cabra le prometía la llegada de un animal mejor. La soltó y regresó a su poblado.
Al otro día volvió para ver si Bwinge había caído. Encontró a Ngweya, Cerdo, bien sujeto en la red.
—¡Hoy voy a comer a Ngweya!
—Dejame ir —pidió Cerdo—. Bwinge está por venir.
El cazador volvió a imaginar algo mejor, o muchos animales en lugar de uno solo. Soltó a Ngweya y lo vio alejarse.
—¿Qué será esa cosa que llaman Bwinge? —se preguntó.
Pasó otro día y el cazador fue de nuevo a ocuparse de su trampa. Esta vez había caído un niño de muy baja estatura. Al verlo, el hombre se enfureció.
—¿Vos sos el que hizo que dejara escapar a los animales? ¿Vos sos Bwinge? ¡Voy a matarte!
—No me mates —respondió el niño—. Voy a llamar a Ungumba para vos.
Ungumba era la riqueza. El cazador le ordenó que la llamara enseguida.
El niño tenía poderes mágicos. Dijo:
—¡Que vengan armas!
Y las armas aparecieron.
—¡Seguí llamando, rápido! —exigió el hombre.
El niño llamó a mujeres, y las mujeres llegaron. Después el cazador volvió a darle una orden:
—¡Ahora llamá a las cabras!
También las cabras acudieron, junto con muchas otras cosas. El hombre vio que por fin tenía delante la abundancia que había esperado. Entonces liberó al niño.
—Andate —le dijo.
El cazador regresó con todo lo reunido y pasó a ser un hombre rico e importante. La narración antigua atribuye esa fortuna a la paciencia con que había esperado que llegara Bwinge.



