Glooskap había vencido a todos sus enemigos: gigantes, hechiceros, espíritus del aire nocturno y seres capaces de devorar personas. Un día se puso a pensar si ya habría terminado su tarea.
Se lo preguntó a una mujer.
—No tan rápido —le respondió ella—. Todavía queda uno al que nadie pudo vencer ni podrá vencer jamás.
—¿Quién es?
—El poderoso Wasis. Ahí está. Y te advierto que, si te metés con él, vas a tener problemas.
Wasis era un bebé. Estaba sentado en el suelo, muy contento, chupando un pedacito de azúcar de arce. No molestaba a nadie.
Glooskap nunca había tenido hijos y no sabía cómo tratar a los chicos. Precisamente por eso estaba convencido de que sabía hacerlo perfectamente.
Le dedicó una sonrisa encantadora.
—Vení conmigo.
El bebé le devolvió la sonrisa, pero no se movió.
Glooskap le habló con dulzura, con una voz suave como el canto de un pájaro de verano. Wasis siguió sentado, saboreando su azúcar.
Entonces Glooskap frunció el ceño y puso una voz terrible.
—¡Vení gateando hasta acá, ahora mismo!
Wasis se largó a llorar y a gritar. Pero tampoco se movió.
Sólo le quedaba probar la magia. Glooskap pronunció sus encantamientos más temibles y cantó las canciones capaces de levantar a los muertos y espantar a los espíritus malignos.
El bebé lo miró maravillado. Todo aquello le resultaba muy interesante. Sin embargo, no avanzó ni un poquito.
Al fin Glooskap se dio por vencido. Wasis, sentado al sol, empezó a balbucear y a reír:
—¡Gu, gu!
Desde entonces, cuando un bebé ríe feliz sin que nadie sepa por qué, esta historia dice que recuerda aquella vez en que venció a quien había vencido al mundo entero. Porque, entre todos los seres que existieron desde el principio, sólo el bebé sigue siendo invencible.




