Un poeta se presentó ante el jefe de una banda de ladrones y recitó un poema en su honor. Esperaba recibir un regalo. En cambio, el jefe ordenó que le quitaran la ropa y lo echaran del pueblo.
El poeta salió tiritando. Para empeorar su suerte, unos perros comenzaron a perseguirlo. Buscó una piedra para defenderse, pero el suelo estaba congelado y no pudo arrancar ninguna.
—¡Qué gente! —exclamó—. ¡Dejan sueltos a los perros y atan las piedras!
El jefe lo escuchó desde una ventana. La ocurrencia le causó gracia.
—Sabio, pedime una recompensa —dijo.
El poeta lo miró desde el camino.
—Si querés hacerme un regalo, devolveme mi propio abrigo.
No esperaba ya un premio por los elogios. Le bastaba con recuperar lo que había perdido y poder marcharse sin más daño.
El jefe sintió compasión. Mandó devolverle el abrigo y añadió una capa de piel y unas monedas de plata.
El poema preparado no había conseguido nada bueno. Fueron sus palabras, dichas en medio del frío y del apuro, las que le permitieron salir de allí vestido y con algo más de lo que había llevado.



