Un rey dio la señal para que mataran a un cautivo. El hombre, que ya no esperaba salir con vida, comenzó a insultarlo en una lengua que el monarca no entendía.
—¿Qué está diciendo? —preguntó el rey.
Uno de sus visires, que deseaba salvar al condenado, respondió con unas palabras sobre quienes dominan su ira y perdonan a los demás, porque Dios ama a los que hacen el bien.
El rey sintió compasión y retiró la orden de matarlo.
Pero otro visir, rival del primero, intervino:
—Ante un rey debemos decir la verdad. Este hombre lo estaba insultando. No dijo nada de lo que acaba de escuchar.
El monarca frunció el ceño.
—La mentira de tu compañero me resulta más aceptable que tu verdad. Él buscó un bien; vos querías provocar daño.
El cautivo conservó la vida. La exactitud de las palabras no había sido lo único que el rey había tenido que juzgar: también había visto lo que cada consejero quería hacer con ellas.
Saadi acompaña la escena con un recuerdo dirigido a los poderosos: este mundo no permanece en manos de nadie. Cuando llega el momento de partir, ni el trono ni el suelo cambian ese destino.



