Un visir perdió su puesto en la corte. Después de quedar apartado del gobierno, se unió a una comunidad de derviches. La vida compartida con ellos lo ayudó a recuperar la tranquilidad.
Con el tiempo, el rey dejó atrás su disgusto y quiso devolverle el cargo. Pero el antiguo consejero rechazó la oferta.
—Estoy mejor sin ese puesto que con él —respondió.
El monarca insistió:
—Necesito a alguien de gran inteligencia para aconsejarme en los asuntos del reino.
—Una señal de inteligencia —dijo el hombre— es saber cuándo conviene mantenerse lejos de esos asuntos.
Saadi enlaza su respuesta con una pequeña historia de animales. Le preguntaron a un lince por qué vivía al servicio de un león.
—Puedo alimentarme con lo que queda de su caza —contestó—. Y mis enemigos no se atreven a atacarme mientras estoy bajo su protección.
—Si te ayuda tanto, ¿por qué no te acercás más? Podrías convertirte en uno de sus favoritos.
—Porque no estoy a salvo de su violencia.
El lince conocía la ventaja de estar cerca, pero también el peligro de acercarse demasiado. Como recuerda el relato, el mismo poder que un día entrega oro puede otro día quitarle la vida a su consejero. El antiguo visir prefirió conservar la paz que había encontrado.



