Una joven recogía arándanos en el monte Katahdin. Se sentía sola.
—Ojalá tuviera un esposo.
Miró la gran montaña, con la cima encendida por el sol rojo, y agregó:
—Ojalá Katahdin fuera un hombre y se casara conmigo.
Algunas personas la oyeron antes de que siguiera subiendo. Después desapareció. Durante tres años nadie volvió a verla.
Al fin regresó con un bebé hermoso. Sus pequeñas cejas eran de piedra.
El Espíritu de la Montaña la había tomado por esposa. Cuando ella quiso volver con su gente, la dejó ir en paz, pero le prohibió revelar con quién se había casado.
El niño tenía dones extraordinarios. Si señalaba con el dedo a un alce o a cualquier animal que corriera, caía muerto. Si viajaban en canoa y señalaba una bandada de patos o cisnes, el agua quedaba cubierta de presas que podían recoger. Gracias a él, su madre y toda la comunidad tenían comida de sobra. Los sabios decían que llegaría a ser un gran hechicero.
Katahdin y su esposa habían querido criar un hijo que fortaleciera a su pueblo e hiciera grandes a los wabanaki. Antes de la partida, él le había dicho:
—Avisales que no deben preguntarte quién es el padre de tu hijo. Lo van a reconocer al mirarlo. No tienen que afligirte con sus preguntas.
La mujer dio el aviso y compartió con todos lo que necesitaban. Aun así, no dejaban de interrogarla sobre aquello de lo que no quería hablar.
Un día, cansada de la insistencia, pensó que Katahdin tenía razón: aquella gente no merecía que su hijo la sirviera ni la condujera a la victoria. La siguieron hostigando hasta que habló:
—¿Por qué me obligan a decir lo que ya saben? Miren las cejas de mi hijo. ¿No reconocen a Katahdin? Como avispas que pican la mano que intenta sacarlas del agua, rechazan la ayuda. Van a lamentar estas preguntas. Desde hoy tendrán que conseguir su propia comida: mi hijo no cazará más para ustedes.
Se levantó, entró en el bosque y subió a la montaña. Nunca volvió a ser vista en la tierra.
La voz del relato explica así que aquel pueblo, destinado a ser grande, se volviera pequeño. Y concluye que habría sido mejor respetar su silencio.




