En los tiempos antiguos, diez familias subieron en canoa por un afluente del Saguenay que se internaba hacia el norte, en la tierra de hielo y nieve. Era otoño y pensaban pasar allí todo el invierno cazando.
Entre ellas iba una joven de veinte años. Un muchacho quiso casarse con ella, pero ella lo rechazó. Él decidió vengarse.
Conocía artes mágicas. Se internó en el bosque y recogió una hierba que volvía insensibles a las personas. Esa noche, cuando todos dormían, entró a escondidas y la sostuvo junto a la cara de la joven hasta que ella quedó sumida en un sueño profundo. Después hizo una bola de nieve y la puso en la base de su garganta. Se retiró sin que nadie lo descubriera. Mientras ella no podía despertar, el frío le llegó al corazón.
A la mañana estaba enferma, temblaba y no quería comer. Pasaron los días. Sus padres le preguntaban qué tenía, pero ella respondía de mal humor que no le pasaba nada.
Un día fue a buscar agua al manantial y tardó tanto que su madre salió a buscarla. La vio sin ser vista: la joven estaba comiendo nieve con avidez.
—¿Por qué hacés eso?
La hija explicó que sentía un ardor por dentro y que la nieve la aliviaba. Además, la deseaba: le gustaba su sabor.
Pocos días después empezó a volverse feroz. Sentía ganas de matar. Su naturaleza estaba cambiando contra su voluntad. Aunque había querido mucho a sus padres, ahora temía matarlos y les pidió que acabaran con su vida.
—¿Cómo podríamos hacerlo? —preguntó su madre.
—Disparen siete flechas. Si logran matarme, todo terminará. Si no, yo los voy a matar.
Siete hombres se colocaron frente a ella, que estaba sentada en la vivienda, sin ataduras. Cada uno disparó siete veces. Las flechas la alcanzaron en el pecho, pero ella siguió inmóvil; de vez en cuando levantaba la mirada y les sonreía para animarlos. Sólo al recibir la última, la cuadragésima novena, cayó muerta.
Quemaron el cuerpo como ella había indicado. Todo quedó reducido a cenizas salvo el corazón, hecho del hielo más duro. Les llevó mucho tiempo quebrarlo y derretirlo.
Un poder maligno la había convertido poco a poco en chenoo, un ser feroz e invencible. Ella había comprendido lo que le pasaba sin poder impedirlo.
Las familias abandonaron el lugar y, según el relato, nunca regresaron. Temían que hubiera quedado algún fragmento sin consumir y que de él naciera otra chenoo capaz de matar a quienes encontrara.



