Urashima Taro vivía con sus padres en una aldea de pescadores. Conocía el mar desde chico y sabía dónde echar la línea, pero sus vecinos también lo conocían por otra razón: no soportaba que lastimaran a un animal por diversión.
Una tarde encontró a varios chicos maltratando a una tortuga. Uno tiraba de ella, otro golpeaba el caparazón. Urashima les pidió que la soltaran. Como no le hacían caso, sacó unas monedas y se las ofreció a cambio del animal.
Los chicos aceptaron y se alejaron. Él llevó la tortuga hasta la orilla, la sostuvo un momento entre las manos y la dejó volver al mar.
A la mañana siguiente salió a pescar. El agua estaba calma y su bote se fue alejando de los demás. Pensaba en la larga vida que se atribuía a las tortugas cuando oyó que alguien decía su nombre.
Miró alrededor. No había otra embarcación. Junto al bote asomaba la tortuga que había rescatado.
—Vine a agradecerte —dijo—. ¿Conocés el palacio del rey del mar?
Urashima había oído hablar de él, pero nunca lo había visto. La tortuga se ofreció a llevarlo.
—No puedo nadar hasta el fondo —respondió el pescador.
—No hace falta. Subite a mi espalda.
Mientras hablaba, el caparazón creció hasta que hubo lugar para un hombre. Urashima se acomodó y ambos descendieron. El agua no lo ahogaba ni mojaba su ropa. Atravesaron una claridad azul hasta llegar a una gran puerta.
Los peces del palacio salieron a recibirlo. Lo guiaron por corredores de coral y perlas hasta una sala donde lo esperaba la princesa Otohime. Llevaba ropas verdes y rojas, suaves como una ola.
—Yo era la tortuga que salvaste —le dijo—. Te hice venir para darte las gracias. Si querés, podemos casarnos y vivir acá, donde la juventud no se acaba.
Urashima la miró maravillado. Quería quedarse con ella y aceptó. Se celebró una boda con música, comida y danzas de peces plateados. Después, Otohime lo llevó a conocer el jardín.
En un sector florecían los cerezos y volaban mariposas. En otro, el verano llenaba los árboles de hojas y de cantos de insectos. Más allá brillaban los arces del otoño. Al norte, la nieve cubría los bambúes y un estanque estaba helado. Las cuatro estaciones existían al mismo tiempo.
Cada día traía algo nuevo. Urashima pasó tres días tan felices que se olvidó de su aldea. Entonces recordó a sus padres. Lo habían visto salir a pescar y no sabían qué le había ocurrido.
Fue a buscar a Otohime.
—Tengo que volver a casa. Deben estar preocupados. Voy a verlos y después regreso.
La princesa le pidió que se quedara un día más, pero él ya no podía esperar. Al comprenderlo, ella le entregó una caja de laca atada con un cordón rojo.
—Llevátela como recuerdo nuestro. Guarda algo muy valioso. Pero, pase lo que pase, no la abras. Prometémelo.
Urashima lo prometió. Una tortuga grande lo esperaba para llevarlo a tierra. Él montó sobre el caparazón y miró hacia atrás hasta que la princesa y los techos del palacio desaparecieron.
Reconoció las colinas de su costa antes de llegar. También reconoció la curva de la playa. Sin embargo, cuando bajó, la gente le pareció extraña. Nadie lo saludaba como a un vecino que acababa de volver.
Caminó rápido hasta su casa. En el mismo sitio había una vivienda, pero no era igual a la que recordaba.
—¡Padre! ¡Ya volví! —llamó.
Salió un desconocido. Urashima le explicó quién era y preguntó adónde se habían mudado sus padres. El hombre lo miró desconcertado.
—Urashima Taro es el nombre de un pescador de una historia muy vieja. Vivió acá hace trescientos años.
Urashima insistió: había salido de esa misma costa pocos días antes. El desconocido le dijo que su historia figuraba en los registros de la aldea. Tal vez fuera un espíritu que regresaba.
—¡Estoy vivo! —respondió Urashima, golpeando el suelo con los pies.
Pero cada cosa que miraba confirmaba lo imposible. Los tres días del palacio habían sido siglos en la tierra. Sus padres habían muerto, y también todas las personas que lo conocían.
Volvió a la playa con la caja en las manos. Quería regresar con Otohime, pero la tortuga ya se había ido y él no sabía encontrar el camino bajo el agua.
Entonces pensó en el regalo. La princesa le había dicho que contenía algo precioso. Quizás allí hubiera una ayuda, una señal para volver. Recordó su promesa, pero no encontraba otra salida a su soledad.
Desató despacio el cordón rojo y levantó la tapa. De la caja salieron tres pequeñas hebras de una nube violeta. Rodearon su cara por un instante y después se alejaron sobre el mar.
Urashima envejeció de golpe. Su pelo se volvió blanco, su espalda se encorvó y su rostro se llenó de arrugas. Cayó en la playa y murió. No volvió a ver a sus padres ni pudo regresar al palacio de Otohime.



