Sentaro había heredado suficiente dinero para vivir sin trabajar. A los treinta y dos años pasaba los días buscando comodidad, hasta que una idea empezó a inquietarlo: alguna vez podía enfermar y morir.
Quería vivir quinientos o seiscientos años, siempre sano. Recordó historias de personas que habían alcanzado edades extraordinarias y empezó a preguntarse si existiría una forma de conseguirlo.
La que más lo impresionaba era la de un emperador chino que, a pesar de tener palacios, tesoros y poder, no podía dejar de pensar en su muerte. Uno de sus hombres, Jofuku, le había hablado de una tierra lejana donde unos ermitaños guardaban el elixir de la vida. El emperador lo mandó a buscarlo con un barco lleno de regalos. Jofuku nunca regresó, y con el tiempo fue venerado como protector de aquellos ermitaños.
Sentaro dejó su casa al cuidado de parientes y salió a recorrer montañas. Subió a las cumbres donde, según había oído, vivían quienes conocían el secreto. No encontró a ninguno.
Una vez le preguntó a un cazador por los ermitaños. El hombre solo pudo hablarle de una banda de ladrones que se escondía en la región. Sentaro comprendió que seguía caminando sin saber adónde ir y decidió visitar el santuario de Jofuku.
Allí rezó durante siete días. A medianoche del séptimo, la puerta del recinto interior se abrió y Jofuku apareció rodeado de luz.
—Querés convertirte en ermitaño para no morir —le dijo—. Pero esa vida exige abandonar las comodidades, soportar el frío y el hambre y renunciar a muchos deseos. ¿Estás dispuesto a hacerlo?
Sentaro no había pensado en esas dificultades. Jofuku conocía su apego al bienestar y le propuso otra cosa: lo enviaría al país de la Vida Perpetua.
Le entregó una grulla de papel. Sentaro la miró con asombro mientras crecía hasta poder cargarlo. Se sentó sobre su espalda y el ave levantó vuelo por encima de las montañas y del mar.
Después de varios días llegaron a una isla. Cuando Sentaro bajó, la grulla volvió a plegarse y se guardó sola en su bolsillo.
El país parecía próspero. El dueño de una posada lo ayudó con los permisos para quedarse y le consiguió una casa. Sentaro abrió un negocio. Por fin podía vivir sin temer las enfermedades ni la muerte.
Pero al conversar con sus vecinos descubrió algo inesperado. Ellos estaban cansados de una vida interminable. Desde hacía siglos escuchaban relatos de un paraíso al que solo se llegaba después de morir, y deseaban conocerlo. Algunos intentaban terminar con su existencia, aunque en aquel mundo fantástico nada de lo que hacían podía causarles la muerte.
Sentaro no los comprendía. Él había cruzado el mar para conseguir precisamente lo que ellos querían dejar. Se sentía el único hombre feliz de la isla y pensaba que nunca se cansaría de vivir.
Pasaron los años. Sus negocios tuvieron pérdidas. Discutió con vecinos. Las molestias pequeñas volvían una y otra vez, y las jornadas se parecían demasiado entre sí. Trabajaba desde la mañana hasta la noche, sin pensar ya en grandes maravillas.
Así transcurrieron trescientos años. Al fin empezó a extrañar su tierra y su antigua casa. Si todo iba a continuar siempre de la misma manera, ¿para qué quedarse allí eternamente?
Recordó a Jofuku y le pidió regresar. Enseguida la grulla salió de su bolsillo, intacta después de tanto tiempo. Creció, lo dejó subir y emprendió el vuelo de vuelta.
Sin embargo, apenas vio alejarse la isla, Sentaro empezó a lamentar lo que dejaba. Quiso detener al ave, pero la grulla siguió sobre el océano. Se levantó una tormenta. La lluvia mojó el papel, las alas se arrugaron y ambos cayeron al agua.
Sentaro trató de mantenerse a flote. No había un barco cerca. Entonces vio acercarse un tiburón enorme y gritó pidiendo ayuda a Jofuku.
Su propio grito lo despertó.
Seguía arrodillado en el santuario. Se había quedado dormido durante la oración. El viaje, la isla, los trescientos años y el mar embravecido habían ocurrido en un sueño.
Todavía temblaba cuando apareció una luz. Un mensajero de Jofuku se acercó con un libro en las manos. Le explicó que le habían permitido ver en sueños el país que tanto deseaba. Allí se había cansado de la eternidad; al querer volver, había descubierto que tampoco deseaba perder la vida.
—Volvé a tu casa —le aconsejó—. Ocupate de vivir y de hacer algo útil. Recordá a tus antepasados y cuidá el futuro de tu familia. En este libro vas a encontrar enseñanzas que pueden acompañarte.
El mensajero desapareció. Sentaro tomó el libro y regresó a su hogar. Dejó de perseguir el elixir y empezó a trabajar, a aprender y a ocuparse de otras personas. Su casa prosperó. La vida que tenía por delante seguía siendo limitada, pero ya no la pasaba esperando conseguir otra.



