Sinukuan había vivido en un pueblo. Era fuerte y valiente, pero sus vecinos comenzaron a envidiarlo y a preparar ataques contra él. Al final dejó sus bienes y se retiró a una cueva del monte Arayat.
Allí buscó la amistad de los animales. Podía cambiar de forma y, cuando alguno lo visitaba, adoptaba su figura para recibirlo. Los animales llegaron a confiar tanto en él que lo eligieron como juez.
Una mañana apareció un pájaro con una queja: la rana no lo había dejado dormir en toda la noche.
Sinukuan la mandó llamar.
—¿Por qué hiciste tanto ruido?
—Pedía ayuda —respondió ella—. Vi que la tortuga llevaba su casa a cuestas y tuve miedo de que se me cayera encima.
El juez consideró suficiente aquella explicación y la dejó ir. Después llamó a la tortuga.
—¿Por qué andabas cargando tu casa?
—Porque la luciérnaga jugaba con fuego y yo quería ponerla a salvo. ¿No puedo protegerla de un incendio?
Sinukuan también aceptó esa respuesta.
Al día siguiente llegó la luciérnaga. Explicó que su luz era la única defensa que tenía contra la daga puntiaguda del mosquito.
El juez la dejó libre y convocó al último acusado. Pero el mosquito no supo explicar por qué llevaba una daga. Sinukuan le impuso tres días de encierro.
Durante esos días, según el cuento, el mosquito perdió la voz. De allí viene la explicación de esta versión: el mosquito macho permanece callado y no se atreve a usar su arma por miedo a recibir otro castigo.



