En un país lejano del norte, que las notas de esta historia sitúan en China, la gente vivía huyendo de sus enemigos. Nunca sabía cuándo perdería la casa, el ganado o la vida. Al fin, sus habitantes se reunieron para decidir qué hacer.
—Nuestros días se van en escapar —dijeron—. Vayamos al sur, a Siam. Aunque allí nos hagan esclavos, quizá nos dejen vivir. Hasta esa vida nos parece preferible a este miedo que nunca termina.
Juntaron sus pertenencias, ocultaron junto al cuerpo las monedas y las joyas, cargaron arroz sobre los animales y emprendieron el viaje. Siguieron senderos angostos de selva y cruzaron montañas altas. El camino resultó mucho más largo de lo que sus provisiones podían sostener.
Primero se acabó el arroz. Después tuvieron que matar el ganado y alimentarse con su carne. Todavía estaban lejos del destino cuando empezaron a gastar sus monedas para comprar comida y reunir fuerzas. Al hacerlo, notaron las miradas que se detenían en sus riquezas. Se dijeron unos a otros, en voz baja, que quizá alguien los mataría para quitárselas.
Uno de los viajeros propuso otra salida.
—¿Para qué arriesgamos la vida por estas posesiones? Busquemos un escondite. Cuando lleguen días más seguros, podremos volver a buscarlas.
Los demás estuvieron de acuerdo. Los espíritus, que querían a aquella gente, los condujeron hasta una cueva profunda, en un bosque al que casi nadie entraba. Allí depositaron el dinero y las joyas. Los espíritus prometieron vigilarlos hasta que sus dueños pudieran regresar en tiempos mejores.
Los viajeros siguieron hacia el sur. Pero en Siam fueron esclavizados. Vivieron y murieron generaciones enteras sin poder escapar ni volver a la cueva. El tesoro seguía esperando a quienes lo habían dejado; ellos no podían ir a reclamarlo.
Con el tiempo, la historia del escondite se difundió por los países vecinos. Llegaron personas dispuestas a llevarse sus riquezas. Para alcanzar la cámara del tesoro había que bajar por un pozo hondo, y cada vez que alguien hacía descender una luz, los espíritus soplaban y la apagaban.
Los buscadores intentaron toda clase de recursos. Ninguno logró romper la custodia. Un hombre consiguió entrar en la cámara y llenarse las manos de piedras preciosas, pero una enfermedad terrible lo abatió allí mismo. Tuvo que devolver las joyas al cofre y huir para salvar la vida.
También llegaron extranjeros blancos, los mismos que habían extendido su dominio sobre los elefantes y la madera de teca de los bosques. Quisieron entrar en la cueva y fueron rechazados. Los espíritus permanecieron fieles a quienes les habían confiado sus bienes.
La antigua voz que cuenta esta historia concluye que, si ni aquellos extranjeros habían podido obtener el tesoro con su saber y sus artimañas, nadie podría hacerlo jamás. Allí seguirían las riquezas, intactas, bajo la custodia de los espíritus.



