Un comerciante rico viajaba hacia otra provincia. Se había detenido a descansar debajo de un árbol cuando se le acercó un joven pobre.
—¿Puedo acompañarte? —le preguntó.
El comerciante aceptó y los dos siguieron juntos. Llegaron a un sitio cubierto de piedras: no se veía otra cosa alrededor.
—Acá no hay piedras —dijo el joven.
—Tenés razón, no hay piedras —respondió el comerciante.
Más adelante entraron en un bosque espeso.
—Acá no hay árboles —comentó el acompañante.
—Así es, no hay árboles —volvió a conceder el hombre.
Después atravesaron una aldea llena de habitantes.
—Acá no hay gente —afirmó el muchacho.
El comerciante le dio otra vez la razón, aunque para sus adentros se preguntaba qué clase de persona era aquella, que parecía no ver ni entender nada. Aun así, cuando emprendió el regreso y el joven le pidió seguir con él, lo llevó a su casa.
Su hija salió a recibirlo.
—Papá, ¿qué trajiste del viaje?
—Nada más que a este muchacho necio.
—¿Por qué decís que es necio? Por su aspecto y sus maneras, yo pensaría que es el dios de la sabiduría en forma humana.
El padre le contó las tres frases del camino. La hija las interpretó de otro modo.
—Cuando dijo que no había piedras, quiso decir que no había piedras preciosas. En el bosque no encontró teca, una madera útil para las personas. Y en la aldea, su juicio era religioso: para él, quienes habían abandonado la religión de Buda y no reunían mérito para otra vida vivían como animales. Por eso dijo que allí no había gente.
—Si lo estimás tanto, casate con él —respondió el comerciante.
El muchacho se adelantó.
—Si tu hija me quiere como esposo, voy a esforzarme por hacer suave y hermoso el camino que pise.
Se casaron y vivieron felices. Pasado un tiempo, el chow principal, el gobernante de la región, ordenó al comerciante que fuera a vigilar su casa durante la noche. Al recibir el mandato, el hombre se desesperó.
—Esta noche voy a morir —decía.
Su yerno le preguntó por qué.
—Desde hace tiempo, el chow manda matar a quienes hacen guardia. Dice que se quedaron dormidos, aunque sea mentira. Lo domina un espíritu maligno y busca satisfacerlo con la muerte de los vigilantes. Ahora me toca a mí.
—Voy a ir en tu lugar —contestó el joven.
Se presentó sin miedo en la casa del gobernante. A medianoche, el chow bajó a escondidas para comprobar si el vigilante dormía. En vez de encontrarlo dormido, lo oyó pedir en voz alta al dios de la sabiduría que le enseñara cómo actuar.
El gobernante se detuvo a escuchar. Se oía una voz que decía:
—Los valientes y los fuertes aprenden a gobernarse a sí mismos; entonces pueden gobernar a otros. Quienes son sabios se hacen querer por su bondad y su honestidad. Los demás los sirven por amor, no por miedo.
Otra voz repetía las mismas palabras.
El chow bajó tres veces aquella noche. Cada vez escuchó la enseñanza y la respuesta. Cuando amaneció, su ánimo había cambiado: la historia dice que lo habitaba un espíritu bondadoso y que ya no deseaba destruir a su gente.
Nombró al joven dirigente de la comunidad y declaró que el espíritu del dios de la sabiduría vivía en su corazón. Así, cuenta el relato, toda la tierra recibió un beneficio porque aquel muchacho había aprendido a escuchar la sabiduría.



