Pedro llevaba más de nueve años trabajando en casa de un médico. Quería casarse, pero no tenía cómo mantener un hogar. Su patrón lo vio triste y le preguntó qué le pasaba.
Cuando lo supo, lo ayudó a celebrar la boda con Marta. Además les dio una casita cerca de su propiedad y doscientas monedas de oro.
—¿Qué vamos a hacer cuando se termine el dinero? —preguntó ella.
—Le pedimos más al médico —respondió Pedro.
Pasaron los años y las monedas se acabaron. El médico les dio otras veinte, que tampoco duraron mucho. Entonces Pedro y Marta idearon una manera distinta de conseguir ayuda.
Una mañana Pedro se frotó los ojos con jugo de cebolla y fue llorando a casa de su antiguo patrón.
—Marta murió y no tengo con qué pagar el entierro.
El médico se entristeció.
—¿Por qué no me llamaste cuando enfermó? —preguntó. Después le entregó dinero para el funeral.
Pedro regresó a la casa, donde Marta lo esperaba en la puerta. Un mes después volvieron a quedarse sin nada.
Esta vez fue ella quien salió llorando. Visitó a una hermana del médico para la que ambos habían trabajado de vez en cuando.
—Pedro murió —le dijo—. No puedo pagar su entierro.
La mujer le dio dinero y le pidió que también hiciera celebrar misas por su esposo.
Esa noche el médico fue a ver a su sobrino, que estaba enfermo. Su hermana le contó la muerte de Pedro.
—No —respondió él—. La que murió fue Marta.
Discutieron un buen rato y mandaron a un criado a comprobarlo. Pedro lo vio venir y le dijo a Marta que se acostara sin moverse. El criado encontró al hombre junto a la cama de su esposa aparentemente muerta.
Volvió con esa noticia, pero la hermana no le creyó. Enviaron a otro criado. Ahora fue Pedro quien se acostó tieso y Marta quien abrió la puerta. El segundo mensajero regresó con la noticia contraria.
Al día siguiente, el médico y su hermana fueron juntos. Encontraron a los dos tendidos, quietos como si ninguno respirara.
El médico se acercó a examinarlos y descubrió la farsa. Pero en vez de enojarse, sintió tanta alegría de encontrarlos vivos y le causó tanta gracia el engaño que los llevó a su casa. Allí se quedaron con él, después de haber recibido dinero por dos entierros que nunca habían ocurrido.



