Una noche, Nasrudín soñó que alguien le daba nueve monedas. Las tenía delante y podía contarlas una por una. Eran nueve: ni ocho ni diez.
En lugar de recogerlas enseguida, comenzó a negociar.
—Ya que llegaste hasta nueve, ¿por qué no completás diez? —le pidió a quien se las ofrecía.
La décima moneda le pareció tan cercana que enseguida pensó en otra.
—Mejor once —agregó—. Once sería una cantidad excelente.
La conversación se convirtió en una discusión. Nasrudín quería aumentar el regalo y la otra persona no aceptaba el cambio. Entre una respuesta y la siguiente, se despertó.
Ya no había monedas frente a él. Miró su mano: estaba vacía. Miró la otra: también. La habitación era la de siempre y el trato había desaparecido con el sueño.
Nasrudín volvió a cerrar los ojos de inmediato. Extendió las manos por encima de la cama, con las palmas abiertas, intentando regresar al lugar donde había dejado la discusión.
—Está bien, está bien —dijo, sin abrir los ojos—. Me conformo con las nueve.



