Al comenzar el mes de Ramadán, Nasrudín buscó una manera de llevar la cuenta de los días. Quería acompañar el ayuno de su comunidad y saber cuándo llegaría la fiesta del final. Preparó una vasija de barro y la dejó en su casa.
—Voy a poner una piedra por día —decidió—. Cuando haya treinta, la cuenta estará completa.
Así lo hizo. Cada jornada sumaba una piedra a las anteriores. El pequeño golpe contra el barro le indicaba que su calendario seguía funcionando.
Pero un día su hija encontró la vasija y echó adentro un puñado de piedras. Nasrudín no la vio. Siguió agregando las suyas, una por una, sin revisar lo que había en el fondo.
Cuando iban veinticinco días del mes, unas personas le preguntaron la fecha.
—Esperen un momento. Voy a consultar mi cuenta.
Nasrudín entró en la casa, volcó la vasija y empezó a contar. Llegó a treinta. Todavía quedaban piedras. Llegó a sesenta, a noventa y, por fin, a ciento veinte.
Se quedó mirando el montón. Si decía que habían pasado ciento veinte días, nadie iba a creerle. Buscó un número que le pareciera más prudente y volvió a salir.
—Hoy es el día cuarenta y cinco del mes —anunció.
Los demás protestaron:
—¡Pero un mes no tiene cuarenta y cinco días!
Nasrudín abrió las manos, como quien ha hecho un gran esfuerzo por moderarse.
—Y eso que fui bastante cuidadoso con lo que dije. Si ustedes vieran la cuenta que tengo en la vasija, sabrían que hoy ya es el día ciento veinte.



