Nasrudín tenía un cordero bien engordado. Un día varios amigos se reunieron y dijeron:
—Vamos a conseguir que nos dé el cordero, así nos damos un banquete.
Fueron a verlo cuanto antes.
—Nasrudín, mañana es el Día del Juicio. ¿Para qué vas a guardar ese cordero? Traelo y comámoslo.
Él no les creyó. Pero los amigos volvieron e insistieron tanto que al fin tomó sus palabras por ciertas. Mató el cordero, lo cargó a la espalda y lo llevó al paseo público. Allí encendió un fuego y empezó a preparar el asado.
Los amigos se quitaron la ropa, se la dejaron a Nasrudín y se apartaron para dormir. Nasrudín tomó todas las prendas y las echó al fuego.
Al rato regresaron, con hambre después de dormir. Su ropa estaba casi reducida a carbón.
—¿Quién nos quemó la ropa? —preguntaron.
—Queridos amigos —respondió Nasrudín—, mañana es el Día de la Resurrección. ¿Para qué pueden necesitar ropa?



