Nasrudín puso tres ciruelas sobre una mesa grande y salió a llevárselas de regalo al bey. Por el camino las ciruelas bailaban de un lado a otro.
—Ahora me las voy a comer hasta que quede una sola bailando —dijo.
Se comió dos. Llegó con la tercera sobre la mesa y la puso delante del bey, que quedó tan encantado con la ciruela que le dio mucho dinero.
Nasrudín volvió a su casa. Unos días después tomó varias remolachas y salió otra vez a visitar al bey.
En el camino un hombre le preguntó:
—¿A quién le llevás eso?
—Al bey.
—Si le llevaras higos, le gustarían más.
Nasrudín fue enseguida a conseguir unas cuantas libras de higos y se los llevó. Esta vez el bey ordenó a sus servidores que se los tiraran todos a la cabeza.
Los higos comenzaron a golpearlo y Nasrudín gritó:
—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios!
—¿Por qué agradecés? —le preguntaron.
—Porque venía con un montón de remolachas. Me encontré con un hombre que me aconsejó traer higos. Si hubiera traído las remolachas, me habrían partido la cabeza.



