El rey Taejong descansaba en el palacio cuando escuchó discutir a dos servidores.
—La riqueza y los honores dependen del rey —decía uno.
—Dependen de Dios —respondía el otro—. Ni el rey puede decidirlo todo.
Ninguno convencía a su compañero. El rey, que había oído la conversación, quiso demostrar quién tenía razón.
Escribió una orden secreta: la persona que llevara esa carta debía recibir un ascenso. Cerró el mensaje y llamó al servidor que había defendido su poder.
—Entregá esto a Sejong —le indicó.
El hombre se inclinó y salió. Pero, antes de abandonar el recinto del palacio, sintió un fuerte dolor de estómago. No podía continuar.
Encontró al compañero con quien había discutido y le pidió que llevara la carta en su lugar. El otro aceptó, salió hacia la ciudad y entregó el mensaje cerrado.
Al día siguiente, el rey recibió la lista de ascensos. Buscó el nombre que esperaba encontrar. No estaba. En cambio, figuraba el del servidor que había dicho que todo dependía de Dios.
Taejong preguntó qué había ocurrido. Cuando le explicaron el cambio de mensajero, quedó sorprendido y permaneció un largo rato en silencio, pensando.
La orden había sido cumplida exactamente. El resultado, sin embargo, no era el que él había planeado.



