Hace mucho vivían Munachar y Manachar. Un día salieron a juntar frambuesas. Pero cada fruta que recogía Munachar iba a parar a la boca de Manachar, y cuando quisieron contar lo reunido no quedaba ni una.
Munachar se enfureció.
—Voy a buscar una vara para hacer una atadura y ahorcar a Manachar, que se comió todas mis frambuesas.
Encontró una vara y le pidió que fuera con él.
—No voy hasta que consigas un hacha que me corte —respondió la vara.
Fue a buscar el hacha.
—Necesito que cortes la vara, para hacer la atadura, para castigar a Manachar, que se comió todas mis frambuesas.
—Antes traeme una piedra que me afile.
Munachar buscó una piedra de afilar. La piedra pidió agua para mojarse. El agua pidió un ciervo que nadara por ella. El ciervo pidió un perro que lo persiguiera.
Cada vez, Munachar tenía que explicar una historia más larga: buscaba al perro para perseguir al ciervo, al ciervo para atravesar el agua, el agua para mojar la piedra, la piedra para afilar el hacha, el hacha para cortar la vara y la vara para atar a Manachar.
—Yo no corro hasta que me pongas un poco de manteca en la pata —dijo el perro.
Munachar fue a pedir manteca. La manteca necesitaba un gato que la raspara. El gato quería leche. La vaca no daría leche hasta recibir un manojo de paja de los trabajadores que trillaban el cereal.
Munachar llegó hasta ellos y volvió a contar todo, desde la paja hasta las frambuesas.
—Primero traenos harina para una torta —le dijeron.
Entonces fue al molino.
—Te doy la harina si llenás este tamiz de agua del río —respondió el molinero.
Munachar bajó hasta la orilla. Sumergió el tamiz y lo levantó. El agua se escapó por los agujeros. Volvió a intentarlo: otra vez vacío. Podía quedarse ahí el resto de su vida y no llenarlo nunca.
Un cuervo pasó volando.
—¡Embarrá! ¡Embarrá! —graznó.
Munachar miró la arcilla roja de la orilla. La apretó contra el fondo del tamiz y tapó todos los agujeros. Esta vez pudo llevar el agua.
El molinero le dio la harina. Los trabajadores recibieron la harina y entregaron la paja. La vaca comió la paja y dio leche. El gato tomó la leche y raspó la manteca. La manteca fue a la pata del perro.
El perro persiguió al ciervo. El ciervo atravesó el agua. El agua mojó la piedra. La piedra afiló el hacha. El hacha cortó la vara. Y con la vara, por fin, Munachar preparó la atadura.
Volvió a buscar a Manachar, todavía con aquel castigo en la cabeza.
Pero ya era tarde: Manachar había seguido comiendo hasta reventar. La larga búsqueda de Munachar había terminado, y no había nadie a quien atar.



