Una mujer preparaba un panqueque de leche para sus siete hijos. En la sartén, la masa burbujeaba y se iba poniendo dorada. Los chicos miraban con hambre, y el padre esperaba sentado cerca.
—Dame un pedacito, mamá —pidió el primero.
—Mamá querida —agregó el segundo.
El tercero la llamó buena; el cuarto, buena y amable. Cada uno sumaba una palabra cariñosa, hasta que el séptimo casi no tenía aire para terminar su pedido.
—Esperen a que se dé vuelta y todos van a comer —dijo la madre.
Al oírlo, el panqueque se asustó. Se dio vuelta solo, pero cayó otra vez dentro de la sartén. Esperó a que el otro lado estuviera más firme, saltó al piso y salió rodando por la puerta.
—¡Pará, panqueque!
La madre corrió con la sartén en una mano y el cucharón en la otra. Detrás salieron los siete chicos y, al final, el padre. Pero el panqueque rodaba tan rápido que pronto lo perdieron de vista.
En el camino encontró a un hombre.
—Buen día, panqueque. Quedate un rato y dejame comerte.
—Me escapé de una madre, un padre y siete chicos hambrientos. ¡También puedo escaparme de vos!
Siguió rodando y se encontró con una gallina.
—No vayas tan rápido. Dejá que te coma —le pidió ella.
—Si me escapé de toda aquella familia y del hombre, también voy a escaparme de tus patas.
Más adelante apareció un gallo. Saludó al panqueque y le hizo el mismo pedido. Pero el panqueque agregó a la gallina a la lista de los que había dejado atrás y siguió viaje.
Después encontró a un pato.
—Esperame, panqueque. ¡Qué ganas de comerte!
—Ya me escapé de la familia, del hombre, de la gallina y del gallo. De vos también me escapo.
Rodó un largo rato hasta encontrarse con una oca. La oca quiso comerlo, pero él repitió su lista, ahora con el pato incluido, y no se detuvo.
Luego apareció un ganso. También él lo invitó a quedarse y también quedó atrás, sumado a la cuenta de los perseguidores.
Al fin el panqueque llegó junto a un cerdo. Apenas lo saludó, empezó a rodar más rápido.
—No hace falta tanto apuro —dijo el cerdo—. Podemos cruzar juntos el bosque. Dicen que andar solo por ahí es peligroso.
Al panqueque le pareció una buena idea. Por primera vez siguió al lado de alguien.
Caminaron hasta llegar a un arroyo. El cerdo podía nadar sin dificultad, pero el panqueque no sabía cómo pasar al otro lado.
—Subite a mi hocico. Yo te llevo.
El panqueque se subió.
—¡Oinc! —dijo el cerdo, y se lo tragó de un solo bocado.
Como el panqueque ya no pudo seguir rodando, este cuento tampoco puede seguirlo más.



