Después de crear a los seres del mar, Bathala les anunció una reunión. Quería repartir los cargos de aquella comunidad y los citó temprano en el Mar Oscuro.
Los animales acudieron. Bathala los esperaba sentado sobre una piedra. Cuando pasó lista, faltaban la sepia y el calamar.
Esperaron media hora. Como todavía no llegaban, comenzó la asamblea.
La raya recibió el puesto de alguacil, con una cola semejante a un látigo. El cocodrilo quedó encargado de transportar a los muertos, con un lomo que recordaba la forma de un ataúd. Al cangrejo lo nombraron soldado y le dieron patas delanteras grandes y fuertes.
Todavía seguían los nombramientos cuando entraron los dos ausentes. Interrumpieron para preguntar de qué se trataba todo aquello.
Bathala los reprendió. Avergonzados y enojados, la sepia y el calamar salieron a buscar barro. Querían arrojarlo sobre los documentos donde estaban escritos los nuevos cargos.
Regresaron y pidieron una tarea para ellos. Bathala volvió a reprocharles la tardanza. Entonces lanzaron el barro y mancharon los nombramientos ya preparados.
—Desde ahora llevarán bolsas de barro con ustedes —dijo Bathala—. Y sus descendientes también. Esa carga hará más lentos sus movimientos.
El calamar intentó excusarse, pero Bathala añadió otro castigo: él y sus descendientes conservarían el mismo tamaño que tenía en ese momento.
Así explica esta versión por qué las sepias y los calamares llevan consigo una tinta oscura: la asamblea había terminado, pero la huella de aquella protesta seguía acompañándolos en el agua.



