Uhâdwe, Bokume y Njâku eran tres hermanos nacidos de la misma madre. En aquel tiempo, los tres tenían forma humana. Un día, Uhâdwe los reunió.
—Vamos a separarnos —les dijo—. Yo iré al Gran Mar. Vos, Bokume, andá al bosque. Y vos, Njâku, también.
Bokume fue al bosque, creció allí y se convirtió en un árbol okumé. Desde entonces también recibió el nombre de Njâpĕ.
Njâku partió enojado. No quería quedarse entre los árboles.
—Voy a vivir con la gente del poblado —dijo.
Pero, cuando salió del bosque y se acercó a las casas, sus pies empezaron a hincharse hasta volverse patas de elefante. Le crecieron las orejas y dos dientes se alargaron, uno a cada lado, hasta convertirse en colmillos. La gente se burló de él.
Njâku dio media vuelta. Antes de regresar al bosque, les anunció:
—Ahora me voy. Pero también irán conmigo las plantas que ustedes cultiven allá.
Y así ocurrió: por donde pasaba, destruía las plantaciones y se llevaba el alimento de los pobladores.
Mientras tanto, Uhâdwe había llegado al mar. En el lugar por donde salió creció una palma trepadora, y el bastón que llevaba en la mano se transformó en un manglar. La leyenda dice que las pisadas de Uhâdwe y de su perro quedaron marcadas en la playa de la bahía de Corisco.
Desde la orilla creó un banco de arena que se extendía a través del océano. Lo cruzó hasta la Tierra del Gran Mar. Allí preparó un barco y lo cargó con los productos con que los hombres blancos hacían su riqueza. Después les ordenó a los tripulantes:
—Vayan a buscar a mi hermano para mí.
El barco llegó a la costa africana y echó el ancla. Pasaron cuatro días sin que nadie fuera de la orilla al barco ni del barco a la orilla. Los habitantes del poblado no tenían canoas.
Entonces Uhâdwe se les apareció en un sueño.
—Vayan al bosque y corten a Njâpĕ. Ahuequen el tronco para hacer una canoa. Con ella podrán acercarse al barco.
A la mañana siguiente, los pobladores fueron al bosque, talaron un okumé y trabajaron la madera hasta darle forma. Empujaron la canoa al agua y enviaron a cuatro jóvenes.
Los jóvenes remaron hasta quedar cerca del barco. Miraron hacia arriba, después a un lado y al otro. Tuvieron miedo y dejaron de remar. Desde la cubierta, los marineros les hicieron señas una y otra vez, hasta que se animaron a acercarse.
Los visitantes hablaron en su lengua. Uno de los hombres del barco les respondió en esa misma lengua:
—Vine a comprar los colmillos de ese animal del bosque que tiene patas grandes y enormes orejas. El que se llama Njâku.
Los jóvenes aceptaron el trato. Antes de que regresaran a tierra, el comerciante les entregó cuatro atados de tabaco, cuatro fardos de telas estampadas, cuatro gorros y otras cosas.
Cuando llegaron al poblado, contaron lo que habían visto.
—Los hombres del barco quieren los colmillos de Njâku. También tienen cosas para matar a los de su especie.
A la mañana siguiente volvieron al barco. Los comerciantes les confiaron armas, balas y pólvora. Con ellas entraron en el bosque y mataron elefantes. En dos días, el barco quedó cargado de marfil y partió.
Así enlaza este relato a los tres hermanos: el árbol convertido en canoa, el viajero que manda un barco y el elefante perseguido por sus colmillos. En la época en que se contó esta versión, esos viajes de compra y matanza seguían repitiéndose en el comercio del marfil.



