Los dos perros negros seguían al comerciante con la cabeza baja. Él les daba de comer, les buscaba sombra y nunca los dejaba atrás. No eran animales que hubiera recogido en el camino: eran sus hermanos.
Los tres habían heredado mil monedas cada uno y abierto sus negocios. Pero el mayor vendió todo para probar suerte en tierras lejanas. Al cabo de un año regresó tan pobre que su hermano menor tardó en reconocerlo.
—No me preguntes qué pasó —le dijo—. Ya ves cómo estoy.
El menor lo hizo entrar, le dio ropa limpia y revisó sus cuentas. Había conseguido duplicar su dinero. Le entregó la mitad para que empezara de nuevo.
Más adelante, el segundo hermano hizo lo mismo: se marchó con una caravana y volvió sin nada. También a él lo ayudó el menor a reabrir su tienda.
Los dos empezaron a proponerle un viaje juntos. Durante cinco años, el comerciante se negó. Finalmente aceptó. Al preparar la expedición descubrieron que sus hermanos ya habían gastado cuanto les había dado. Él no se lo reprochó: repartió entre los tres la mitad de sus ahorros y enterró la otra mitad en su casa.
Compraron mercaderías, cargaron un barco y navegaron hasta un puerto donde hicieron buenos negocios. Cuando estaban por partir, una mujer pobre se acercó al menor y le pidió que se casara con ella y la llevara a bordo. Al principio él dudó, pero terminó aceptando. Durante el viaje conoció su bondad y se sintió cada día más feliz a su lado.
Sus hermanos no se alegraron. Envidiaban sus ganancias y su felicidad. Una noche, mientras la pareja dormía, los arrojaron al mar.
El comerciante creyó que iba a morir. Sin embargo, su esposa lo sostuvo y lo llevó hasta una isla. Allí le reveló que era un hada. Había adoptado aquella apariencia humilde para conocer su carácter.
—Vos me recibiste con bondad. Ahora pude salvarte —le dijo—. Pero tus hermanos van a pagar con la vida.
Él le agradeció el rescate y le rogó que no los matara. Habían querido destruirlo, pero seguían siendo sus hermanos.
El hada cedió. Lo transportó hasta el techo de su casa y desapareció. El comerciante desenterró el dinero que había guardado y volvió a abrir su negocio.
Al regresar esa tarde encontró dos perros negros. Se acercaron con tanta tristeza que él se quedó mirándolos. Entonces reapareció su esposa.
—Son tus hermanos. Durante diez años conservarán esta forma.
Antes de irse, le indicó dónde podría encontrar noticias de ella.
El comerciante cuidó de los perros durante aquel largo tiempo. Cuando los diez años estaban por cumplirse, cerró su casa y salió a buscar al hada. Sus hermanos caminaron detrás. Esta vez no viajaban para conseguir riquezas: aguardaban el final de un castigo que su hermano había conseguido que no fuera la muerte.



