Un hombre tenía un vecino que lo envidiaba con tal fuerza que cualquier encuentro terminaba mal. Si al primero le iba bien, el otro se enfurecía. Si alguien lo elogiaba, el vecino encontraba algo que criticar.
Cansado de aquellas disputas, el hombre vendió su casa y se mudó cerca de la capital. Compró una vivienda con jardín y un patio donde había un pozo antiguo. Allí se hizo derviche, dedicado a una vida de oración, y abrió las puertas a otros que deseaban vivir de la misma manera.
Su buena fama se extendió. La gente llegaba para pedirle consejo y compañía. Las noticias también alcanzaron al antiguo vecino. En vez de olvidarse de él, sintió todavía más odio.
Una tarde se presentó en la casa nueva. El derviche lo recibió con alegría, creyendo que venía a reconciliarse.
—Necesito hablar con vos a solas —dijo el visitante—. Es un asunto delicado.
Salieron al patio. Mientras hablaba, el vecino fue acercándolo al pozo. Cuando quedaron junto al borde, lo empujó y escapó, seguro de haberlo matado.
Pero en aquel pozo vivían hadas y genios invisibles. Lo sostuvieron antes de que se golpeara y lo dejaron a salvo en el fondo. El derviche no veía a nadie. Permaneció quieto y escuchó una conversación que parecía salir de las paredes.
Una voz contó quién era el hombre al que acababan de salvar. Después anunció que, al día siguiente, el sultán iría a pedir su ayuda. Un genio llamado Maimún tenía a la princesa bajo su poder.
—En esta casa hay un gato negro con la punta de la cola blanca —explicó la voz—. El humo de esos pelos blancos romperá el encantamiento.
Al amanecer, el derviche descubrió unas piedras salientes y trepó hasta el patio. Sus compañeros lo recibieron aliviados. Él les contó el ataque y luego reunió siete pelos blancos del gato, sin olvidar lo que había oído.
El sultán llegó esa misma mañana. Cuando pidió ayuda para su hija, el derviche le propuso que la llevaran allí. Preparó un brasero y, al llegar la princesa, quemó los pelos.
Se oyó un grito terrible. Era el genio, que abandonaba a su prisionera. La muchacha levantó el velo, miró alrededor y preguntó dónde estaba.
El sultán, desbordado de alegría, decidió casar a su hija con el derviche. Tiempo después lo nombró gran visir. Cuando el soberano murió sin hijos varones, los hombres de la corte y el pueblo lo aceptaron como sucesor.
Un día, ya convertido en sultán, el antiguo derviche reconoció entre la multitud al vecino que lo había empujado al pozo.
—Traelo, pero no lo asustes —le dijo a un servidor.
El hombre se acercó temblando. En lugar de ordenarle un castigo, el sultán lo saludó, le entregó mil monedas y veinte carros de mercaderías, y dispuso una escolta para acompañarlo a su casa.
El vecino recibió todo aquello de la persona a la que había querido matar. El sultán lo despidió y continuó su camino. No necesitó hacerlo caer en ningún pozo para demostrar quién tenía ahora el poder.



