Un rey tenía un único hijo y deseaba verlo casado cuanto antes. Eligió una princesa, pero el joven se negó.
—No está en mi destino casarme con ella.
Tiempo después le pidió permiso para salir a conocer su suerte y llevarse tres bolsas de dinero. El rey aceptó. El príncipe preparó el viaje y partió.
En el camino encontró a un desconocido que era un ángel bajo forma humana. Al oír que buscaba lo escrito para él en el libro del destino, el viajero le señaló un palacio.
—Ahí vas a encontrar lo que buscás.
En el patio había papeles esparcidos. El príncipe revisó muchos sin encontrar el suyo. Entonces salió otro hombre del edificio.
—Esos son destinos de gente pobre. Los de los reyes están adentro. Vení.
Lo condujo al interior y buscó la carta correspondiente. Allí decía que aquel príncipe se casaría con la hija de un tejedor, enferma desde hacía nueve años.
El joven tomó el papel y salió horrorizado.
—Voy a cambiar mi destino —se prometió.
Se puso a buscar a la hija del tejedor. Al caer la noche se encontraba en un bosque espeso, sin alojamiento. Vio una luz y llegó hasta una casita. El dueño abrió la puerta.
—No tenemos nada digno de tu rango, pero te daremos lo mejor que haya. Un huésped es un regalo de Dios.
Cenaron juntos. Después, el príncipe advirtió que alguien comía en la habitación de al lado y preguntó quién estaba allí.
—Mi única hija —respondió el anfitrión—. Soy tejedor y apenas gano para vivir. Ella lleva nueve años sin poder levantarse de la cama.
El príncipe comprendió dónde había llegado. No consiguió dormir. Pensó una y otra vez cómo librarse del futuro anunciado. En medio de la noche, cuando todos descansaban, se levantó en silencio, entró en la habitación de la joven y la hirió con su puñal. Después dejó las tres bolsas de dinero y huyó.
De vuelta en el palacio, se quejó ante su padre del destino que le habían reservado. El rey sintió indignación, pero la ocultó y consoló a su hijo.
Pasó un tiempo. Durante una cacería, el príncipe descubrió un hermoso palacio en un bosque solitario. Allí vio a una joven que le pareció bellísima. Primero la miró de lejos; luego se acercó y le pidió que se casara con él. Ella aceptó.
Regresó feliz: creía haber cambiado su suerte. Contó la noticia al rey y le pidió que preparara la boda. Hubo una gran celebración.
Unos días después de casados, el príncipe apoyó una mano sobre el pecho de su esposa y sintió una cicatriz.
—¿Qué te pasó?
—Soy hija de un pobre tejedor —respondió ella—. Estuve nueve años enferma, sin poder levantarme. Una noche llegó un joven a pedir alojamiento. Mientras dormíamos, entró en mi cuarto, me clavó un puñal y escapó. Estuve muy mal, pero mi madre me puso un emplasto sobre la herida y me curé por completo. El desconocido había dejado tres bolsas de dinero. Con eso compramos este palacio, mi padre dejó de tejer y ya no nos faltó nada.
El príncipe la escuchó hasta el final.
—Dios mío, lo que disponés no queda sin cumplirse —dijo.
Y entonces le contó a su esposa todo lo que había hecho.



