En un reino donde todos parecían vivir contentos, el rey tuvo un sueño inquietante: un zorro colgaba del techo, suspendido por la cola. Sus ministros no supieron explicarlo. Entonces ordenó reunir a la población para ver si alguien podía interpretar la visión.
Un campesino pobre iba hacia el palacio por un sendero entre montañas cuando encontró una serpiente tendida en el camino.
—Buen día. ¿Adónde vas? —le preguntó ella.
El hombre le contó lo del sueño.
—Yo puedo ayudarte. Prometeme que vas a compartir conmigo lo que te dé el rey.
El campesino juró que le llevaría toda la recompensa.
—La dividiremos por la mitad —aclaró la serpiente—. Decile que el zorro significa que en su reino hay astucia, hipocresía y traición.
El hombre repitió aquellas palabras en el palacio. El rey quedó satisfecho y le entregó grandes regalos. Pero, al regresar, el campesino tomó otro camino para no encontrarse con la serpiente ni darle su parte.
Tiempo después, el monarca soñó con una espada desenvainada que pendía del techo. Mandó buscar al mismo intérprete. El campesino se inquietó: no sabía qué responder. No tuvo más remedio que volver al sendero.
La serpiente no estaba a la vista. La llamó una y otra vez, hasta que salió de su escondite, y le pidió ayuda.
—La espada anuncia guerra —le dijo ella—. Hay enemigos que conspiran dentro y fuera del reino. El rey debe prepararse para combatir.
Otra vez el hombre llevó la explicación al palacio y recibió regalos. El rey comenzó sus preparativos de guerra. Esta vez, cuando el campesino volvió por el sendero, la serpiente lo estaba esperando.
—Dame la mitad que prometiste.
—¡No voy a darte la mitad! —respondió él—. Te daré una piedra negra y una brasa encendida.
Desenvainó la espada y se lanzó contra ella. La serpiente alcanzó a meterse en un agujero, pero el hombre le cortó la cola antes de que terminara de entrar.
Pasó otro tiempo. El rey soñó ahora con una oveja muerta que colgaba del techo y volvió a llamar al campesino.
El hombre tuvo miedo. La serpiente lo había ayudado dos veces; él le había respondido con engaño y violencia. Sin embargo, regresó al sendero y la llamó.
Ella salió. Después de escuchar el nuevo sueño, le exigió que prometiera compartir la recompensa. El campesino juró de nuevo.
—La oveja anuncia que vuelve la paz —explicó—. La gente será tranquila y mansa como un rebaño.
El rey se alegró tanto con la interpretación que lo recompensó más que nunca. Esta vez el campesino volvió derecho al escondite de la serpiente, dividió los regalos y ofreció también lo que debía de las ocasiones anteriores.
—Fuiste paciente conmigo. Perdoname por lo que te hice.
La serpiente le respondió:
—No te atormentes. No fue culpa tuya. Cuando el engaño dominaba el reino, vos también engañaste y tomaste otro camino. Cuando había guerra, peleas y asesinatos, vos también me atacaste y me cortaste la cola. Ahora que llegó la paz, venís a compartir. Andá, hermano, que la paz de Dios te acompañe. No quiero tu riqueza.
Y se retiró a su agujero, dejando los regalos al campesino.



