Una yaguareté invitó a un venado a tomar leche en casa de su compadre. Él aceptó y salieron juntos.
Al llegar a un arroyo, ella le señaló una parte profunda y aseguró que el agua apenas lo cubriría. El venado entró y casi se ahogó. La yaguareté cruzó por un paso menos hondo, sin dificultad.
Después encontraron bananeros.
—Subí y comé las verdes, que son mejores. A mí tirame las maduras —propuso ella.
El venado obedeció. No pudo comer ninguna, mientras su compañera se llenaba la panza.
Más adelante había trabajadores limpiando un campo. La yaguareté le enseñó a saludarlos diciendo que el diablo se llevara a quienes trabajaban. Cuando el venado repitió la frase, los hombres le soltaron los perros. Ella, en cambio, pasó deseándoles la ayuda de Dios y nadie la molestó.
Al ver una serpiente coral, le dijo:
—¡Qué linda pulsera para tu hija! Agarrala.
El venado recibió una mordedura. Cuando protestó, la yaguareté se burló de su credulidad.
Llegaron tarde a casa del compadre y fueron a dormir. El venado colgó su hamaca en un rincón. Durante la noche, la yaguareté salió al corral, mató una oveja y guardó su sangre en un cuenco. Comió la carne, volvió a la casa y volcó la sangre sobre el venado dormido.
Por la mañana, el dueño descubrió que faltaba una oveja y fue a interrogarla.
—Yo no fui. Mirá qué limpia estoy. Tal vez haya sido el venado.
El hombre encontró al huésped manchado, lo acusó de ladrón y lo mató a golpes. La yaguareté tomó mucha leche y se fue.
Tiempo después le pidió prestado un abrigo al mono y lo invitó a visitar al mismo compadre. El mono aceptó.
En el arroyo, ella volvió a indicar el paso peligroso.
—¿Pensás que soy el venado al que engañaste? Pasá vos primero o me vuelvo —respondió él.
La yaguareté tuvo que cruzar adelante. Junto a los bananeros propuso el mismo reparto. El mono subió, comió las maduras y le tiró las verdes. Ella amenazó con arañarlo.
—Si empezás con problemas, me voy —le contestó.
Siguieron. Ante los trabajadores, el mono no repitió la maldición que le sugerían: les deseó la ayuda de Dios y pasó sin dificultad. Cuando ella le mostró otra coral como supuesto collar para su hija, él le dijo que la agarrara ella y la dejó en paz.
Llegaron a la casa. El mono colgó su hamaca bien alta y fingió dormir. Vio a la yaguareté salir, matar otra oveja, comerla y regresar con el cuenco de sangre. Cuando ella intentó mancharlo, él le dio una patada al recipiente y la sangre cayó sobre la propia yaguareté.
A la mañana, el dueño notó la nueva falta.
—Cada vez que viene mi comadre, desaparece un animal.
Entró y encontró al mono despierto, señalando a la yaguareté, que fingía dormir cubierta de sangre. El hombre le disparó y la mató. Después el mono tomó mucha leche y se marchó satisfecho.




