En Treneglwys había una casa de pastores a la que llamaban la Casa de la Disputa. El nombre venía de algo que, según contaban, había ocurrido allí mucho tiempo antes.
Vivían en ella un hombre, una mujer y sus dos bebés gemelos. Una mañana la madre tuvo que ir a la casa de una vecina. No quería dejarlos solos: había oído que por los alrededores andaba el pueblo de las hadas. Pero fue y volvió lo más rápido que pudo.
En el camino de regreso vio a unos seres pequeños con ropas azules que cruzaban delante de ella, a plena luz del día. Se asustó y corrió.
En la casa todo parecía estar igual. Los gemelos estaban en la cuna. Pasaron los días, sin embargo, y los bebés no crecían.
—No son nuestros hijos —decía el padre.
—¿De quién van a ser, entonces? —respondía la madre.
Discutían tanto que los vecinos empezaron a llamar así a la casa. La mujer, entristecida, decidió consultar al sabio de Llanidloes.
Se acercaba la cosecha de centeno y avena. El sabio le indicó que, cuando preparara la comida de los trabajadores, vaciara una cáscara de huevo y cocinara dentro un poquito de sopa. Después debía llevarla hasta la puerta como si fuera suficiente para todos y escuchar a los gemelos.
Si hablaban de cosas que un bebé no podía conocer, le dijo que los arrojara al lago Elvyn; si no ocurría nada extraordinario, no debía hacerles daño.
La madre volvió. El día de la cosecha preparó aquella diminuta olla y la llevó hasta la puerta. Entonces oyó a uno de los que estaban en la cuna decirle al otro:
—Vi la bellota antes que el roble y el huevo antes que la gallina. Pero nunca vi una cáscara servir de olla para dar de comer a tantos trabajadores.
Al escuchar aquella voz que hablaba de siglos, la mujer los levantó y los arrojó al lago.
Los duendes de ropa azul acudieron y rescataron a sus pequeños. A cambio, los verdaderos gemelos volvieron a los brazos de su madre. Así terminó la disputa de aquella casa, aunque el nombre quedó y siguió recordando la extraña historia.



