Saadi recuerda una noche de su infancia. Le gustaba rezar, permanecer despierto y esforzarse en sus prácticas religiosas.
Esa noche estaba sentado junto a su padre, con el Corán sobre las rodillas. No había cerrado los ojos. A su alrededor, las demás personas dormían profundamente.
El chico las miró y se volvió hacia su padre.
—Ninguno levanta la cabeza para rezar. Duermen tan hondo que parecen muertos.
El padre le respondió con cariño:
—Hijo querido, habría sido mejor que vos también durmieras, en vez de hablar mal de los demás.
El niño había vigilado el sueño ajeno durante su propia oración. La respuesta del padre le hizo mirar por un momento lo que estaba haciendo él.



