Después de perder injustamente su puesto en la corte, el soldado Kintoki murió. Su esposa, que temía a los enemigos de su marido, se refugió en las montañas de Ashigara. Allí nació su hijo Kintaro, el Niño Dorado.
El chico creció entre árboles y peñascos. Desde muy pequeño tuvo una fuerza extraordinaria, y su madre procuraba mantenerlo lejos de otras personas para que no las lastimara sin querer. A los ocho años podía cortar árboles como los leñadores adultos. Ella le dio un hacha y él empezó a ayudarlos en el bosque.
Como no tenía otros chicos cerca, hizo amistad con los animales. Aprendió a entender sus voces y a conversar con ellos. Sus compañeros más cercanos eran una osa, un ciervo, un mono y una liebre. Jugaba con los cachorros de la osa y a veces volvía montado sobre su lomo.
Un día los cinco llegaron a un claro cubierto de flores. Kintaro propuso hacer un torneo de lucha. La osa apisonó la tierra para preparar un espacio y los demás la ayudaron. Kintaro se sentó a mirar y anunció que habría un premio para quien ganara cada encuentro.
El ciervo fue el primer árbitro. Levantó una hoja y, cuando la dejó caer, el mono y la liebre se lanzaron uno contra otro. Se empujaron hasta que el mono resbaló y salió del círculo. Kintaro le dio una bolita de arroz a la liebre.
El mono se frotó la espalda, enojado.
—Me caí porque patiné. ¡Quiero otra oportunidad!
En la segunda vuelta decidió usar una trampa: agarró a la liebre de una oreja. Cuando ella se distrajo por el dolor, le tomó una pata y la hizo caer. Esta vez recibió él la bolita de arroz.
Después lucharon el ciervo y la liebre, con la osa como árbitra. Ganaron unos y otros, y siguieron hasta cansarse. Cuando Kintaro dijo que era hora de volver, todos aceptaron regresar al mismo claro al día siguiente.
En el camino encontraron un río crecido. No había puente. Los animales miraban la corriente, sin saber cómo llegar a casa.
—Esperen acá —dijo Kintaro—. Voy a hacer un paso.
Eligió un gran árbol de la orilla, lo agarró del tronco y tiró. Una vez. Otra. A la tercera, las raíces cedieron y el árbol cayó atravesado sobre el agua. Kintaro cruzó primero y los cuatro animales lo siguieron.
Desde una roca, un hombre vestido de leñador había visto todo. Se frotó los ojos. ¿De quién sería aquel chico capaz de arrancar un árbol? Bajó, cruzó el nuevo puente y siguió al grupo sin hacerse notar.
Al llegar cerca de la casa, los animales se despidieron. Kintaro entró a contarle a su madre cómo había sido el torneo. Ella le preguntó cuál de sus amigos era el más fuerte. Él explicó que la osa venía después de él, pero que entre los otros tres era difícil decidir.
Entonces una voz sonó desde la puerta.
—La próxima vez, llévenme. A mí también me gustaría probar.
Era el desconocido. Kintaro y su madre quisieron saber quién era, pero él propuso primero comparar la fuerza de sus brazos. El chico aceptó, con la condición de que ninguno se enojara al perder.
Se tomaron de la mano y trataron de doblarse el brazo. Pasó un largo rato sin que uno pudiera vencer al otro. Al fin el hombre declaró un empate.
—No sos un chico común. Te vi hacer el puente y ahora lo comprobé.
Se presentó: se llamaba Sadamitsu y era un general al servicio del señor Raiko. Viajaba disfrazado para buscar jóvenes fuertes que pudieran formarse como guerreros. Quería llevar a Kintaro a la capital.
La madre había deseado ese futuro para su hijo, pero no conocía a nadie que pudiera presentarlo en la corte. Al escuchar la propuesta, aceptó confiarlo al general. Kintaro saltó de alegría.
La despedida fue difícil. Su madre trató de disimular la tristeza. Él prometió que, cuando llegara a ser samurái, construiría una casa donde pudieran vivir juntos. La osa, el ciervo, el mono y la liebre lo acompañaron hasta el pie de la montaña. Después subieron a un árbol y lo miraron alejarse hasta que ya no pudieron distinguirlo.
Raiko recibió a Kintaro y lo incorporó a su servicio. Con los años, el muchacho se convirtió en el jefe de sus Cuatro Valientes. Cuando un monstruo devorador de personas aterrorizó la región, Raiko lo envió a combatirlo. Kintaro lo sorprendió en su cueva y lo mató cortándole la cabeza.
Su fama creció, y con ella llegaron honores y riquezas. Entonces cumplió la promesa que había hecho en la montaña: construyó un hogar para su madre y la llevó a la capital. Allí vivieron juntos hasta el final de los días de ella.



