BibliotecaLas doce hijas
La dama de blanco entrega a una joven una bolsita de piedras junto al manantial.

Estonia · tradición y elaboración literaria histórica · Cuento tradicional

Las doce hijas

Los rublos de la madrina

15 min de lectura*14+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Un jornalero pobre y su mujer tenían doce hijas; entre ellas había dos pares de gemelas. Todas crecían sanas y fuertes. Lo que desconcertaba a los vecinos era cómo lograban sus padres alimentar y vestir a una familia tan numerosa con tan poco dinero. Cada día las chicas estaban lavadas y peinadas, y llevaban ropa limpia.

Unos decían que el jornalero tenía un ser mágico que le traía riquezas. Otros lo llamaban hechicero. Otros aseguraban que sabía descubrir tesoros escondidos en los remolinos de viento. La explicación era distinta: su mujer recibía ayuda de una benefactora secreta, que se ocupaba de alimentar, lavar y peinar a las niñas.

Todo había empezado años antes, cuando la madre todavía era una muchacha y trabajaba de sirvienta en una granja. Durante tres noches seguidas soñó con una dama noble que le pedía ir al manantial del pueblo en la víspera de San Juan. Tal vez habría olvidado aquellos sueños, pero al llegar la fecha oyó una vocecita, fina como el zumbido de un mosquito, que le cantaba al oído:

—Andá al manantial, andá al manantial, de donde corren las aguas de tu buena suerte.

La llamada le daba escalofríos. Sin embargo, reunió valor y se separó de las otras muchachas, que se divertían en la hamaca y alrededor del fuego. Cuanto más se acercaba al agua, más miedo sentía. Habría vuelto atrás si la voz le hubiese dado descanso; como no dejaba de llamarla, siguió.

Sobre una piedra, junto al manantial, estaba sentada una dama vestida de blanco. Al ver su temor, avanzó unos pasos y le ofreció la mano.

—No tengas miedo, querida. No voy a hacerte daño. Escuchá bien y recordá lo que te digo. En otoño vendrán a pedirte en matrimonio. El muchacho será tan pobre como vos, pero no te preocupes por eso. Aceptá el aguardiente que te ofrezca como señal de compromiso. Los dos son buenas personas: voy a ayudarlos a salir adelante. Eso sí, no descuiden el trabajo y el ahorro, porque sin ellos la felicidad no dura.

Le dio una bolsita.

—Guardala en el bolsillo. Solo tiene unas piedritas de las que se usan para limpiar las lecheras. Cuando nazca tu primer hijo, echá una piedra en el pozo y vendré a verte. Seré madrina en su bautismo. No le cuentes a nadie este encuentro. Por ahora, adiós.

Desapareció como si la tierra se la hubiera tragado. La muchacha habría pensado que era otro sueño, pero tenía la bolsa en la mano. Adentro había doce piedras.

Tal como le habían anunciado, en otoño se casó con un jornalero pobre. Al año siguiente nació su primera hija. Recordó a la dama, se levantó de la cama sin que nadie la viera y arrojó una de las piedras al pozo. Apenas oyó el golpe en el agua, tuvo delante a la mujer de blanco.

—Gracias por no olvidarte de mí —le dijo—. Llevá a la nena a bautizar dentro de dos domingos. Voy a ir a la iglesia y seré su madrina.

El día señalado entró en la iglesia una dama a quien nadie conocía. Tomó a la criatura sobre su falda y la sostuvo durante el bautismo. Después ató un rublo de plata entre sus pañales y se la devolvió a la madre.

Lo mismo ocurrió con cada hija, hasta que fueron doce. Después de la última, la dama le dijo a su protegida:

—Desde ahora no volverás a verme, pero voy a cuidar de ustedes todos los días, aunque sea invisible. El agua del pozo les hará más bien a las chicas que la mejor comida. Cuando llegue el momento de casarse, entregale a cada una el rublo que recibió de su madrina. Hasta entonces, que no lleven vestidos lujosos: basta con que tengan los vestidos y la ropa de lino limpios, tanto los domingos como los demás días.

Las hijas crecieron tan bien que daba gusto verlas. En la casa no faltaba el pan, aunque a veces casi no hubiera otra cosa. Parecía que el agua del pozo fortalecía a toda la familia.

Cuando llegó la hora, la mayor se casó con el hijo de un posadero próspero. Solo llevaba la ropa indispensable. Su padre hizo un arcón de novia; adentro pusieron sus prendas y el rublo de la madrina. Pero, al cargarlo en el carro, los hombres casi no pudieron levantarlo. Debía de estar lleno de piedras, pensaron: el pobre jornalero no tenía nada valioso para dar.

En la casa de su marido, la novia abrió el arcón y quedó asombrada. Estaba lleno de piezas de lino. En el fondo había una bolsa de cuero con cien rublos de plata.

Con cada nueva boda pasó lo mismo. Cuando se supo lo que recibían, las hijas no tardaron en quedar todas comprometidas. Pero uno de los yernos era especialmente codicioso y no se conformaba con lo que había encontrado su esposa. Si los padres podían dar tanto a cada hija, razonaba, debían de tener una riqueza enorme guardada para ellos.

Fue a ver a su suegro y empezó a exigirle que hablara del tesoro. El jornalero le dijo la verdad.

—Solo tengo mi cuerpo y mi alma. Lo único que pude darles a mis hijas fueron los arcones. No puse lo que apareció adentro. Es el regalo de la madrina: al bautizarse, cada una recibió un rublo, y ese dinero se multiplicó en el arcón.

El yerno no le creyó. Lo amenazó con denunciarlo por hechicero, por alguien que sacaba riquezas de los vientos. El viejo no se dejó intimidar, porque tenía la conciencia tranquila. Pero la amenaza se convirtió en una denuncia verdadera.

El tribunal llamó a los otros yernos y les preguntó qué habían recibido sus esposas. Todos dieron la misma respuesta: un arcón con lino y cien rublos de plata. Aquello aumentó la sorpresa del juez. Todo el vecindario sabía que el hombre era pobre y que su único tesoro habían sido sus doce hijas. Siempre las habían visto con lino limpio, pero nunca con broches ni pañuelos de colores. El juez decidió averiguar si de verdad había hechicería.

Salió de la ciudad con sus agentes. El yerno codicioso iba como guía. Al llegar al bosque donde estaba la casa, colocaron guardias alrededor, con orden de no dejar pasar a nadie hasta terminar la investigación. Los demás dejaron los caballos y tomaron el sendero de la cabaña.

—Vayan despacio y sin ruido —les advirtió el yerno—. Si nos ve, puede escapar sobre las alas del viento.

Ya estaban cerca cuando un resplandor entre los árboles los deslumbró. Donde esperaban ver la casa pobre apareció un palacio enorme, construido enteramente de vidrio. Cientos de velas brillaban en su interior, aunque era pleno día. Dos centinelas cubiertos con armaduras de bronce custodiaban la entrada con largas espadas desenvainadas.

Los funcionarios se miraron, sin saber si estaban despiertos o soñando. Se abrió la puerta y salió un joven vestido con sedas de vivos colores.

—Nuestra reina ordena que el juez principal se presente ante ella.

El juez sintió miedo, pero siguió al mensajero. Entró en un salón grande como una iglesia. En un trono se sentaba una señora vestida de seda, raso y oro. Algo más abajo, sobre asientos dorados, había doce princesas. Sus ropas eran tan magníficas como las de la reina, aunque no llevaban coronas. A ambos lados aguardaban servidores con collares de oro y trajes de seda.

El juez se inclinó. La reina le preguntó:

—¿Por qué viniste hoy con tantos agentes, como si fueras a detener delincuentes?

El hombre quiso responder, pero el terror le cerró la garganta.

—Conozco las acusaciones falsas —continuó ella—. Nada se oculta a mis ojos. Que entre el acusador, encadenado de manos y pies. Yo pronunciaré una sentencia justa. Que entren también los otros jueces y sus acompañantes: quiero que todo sea público y que puedan atestiguar que aquí no se comete una injusticia.

Un servidor salió a cumplir la orden. Al rato trajeron al yerno encadenado, escoltado por seis soldados con armadura. Detrás entraron los demás. La reina habló a todos.

—Antes de dictar sentencia, voy a explicar lo que sucedió. Soy la poderosa Señora de las Aguas, y los manantiales que nacen de la tierra están bajo mi autoridad. El hijo mayor del Rey de los Vientos era mi enamorado. Su padre no quería que se casara, de modo que tuvimos que mantener nuestra unión en secreto mientras él viviera.

Las doce jóvenes permanecían sentadas junto a ella.

—No podía criar a mis hijas en casa sin revelar el matrimonio. Por eso, cada vez que la mujer del jornalero daba a luz, yo cambiaba a su criatura por una de las mías. Mi tía crió a las hijas del jornalero. Cada vez que una estaba por casarse, hacíamos otro intercambio: durante la noche anterior a la boda retirábamos a mi hija y devolvíamos a la de ellos.

La reina siguió explicando:

—El viejo Rey de los Vientos estuvo enfermo mucho tiempo y no supo nada. En cada bautismo entregué un rublo de plata para formar la dote que aparecería en el arcón. Todos los yernos quedaron satisfechos con sus esposas y con lo recibido, salvo este hombre codicioso que ven encadenado. Acusó falsamente a su suegro con la esperanza de enriquecerse.

Luego reveló lo que había cambiado.

—Hace dos semanas murió el viejo rey. Mi esposo lo sucedió y ya no necesitamos ocultar ni nuestro matrimonio ni a nuestras hijas. Acá están las doce. Sus padres de crianza, el jornalero y su mujer, vivirán conmigo, sostenidos por mí hasta el final de sus días.

Se volvió hacia el prisionero.

—Vos también vas a recibir lo que te corresponde. Permanecerás encadenado dentro de una montaña de oro. Tus ojos codiciosos verán el metal sin descanso, pero tus manos no podrán tocar ni una partícula. Durante setecientos años soportarás ese tormento antes de que la muerte pueda darte reposo. Esa es mi sentencia.

Se oyó un estruendo como un trueno violentísimo. La tierra tembló y los magistrados y sus servidores cayeron sin sentido. Cuando despertaron, estaban en el bosque al que los había llevado el guía. Del palacio de vidrio no quedaba nada. En su lugar brotaba un manantial pequeño, de agua limpia y fría.

No volvieron a tener noticias del jornalero, de su mujer ni del yerno codicioso. La esposa de este, a quien ya tenían por viuda, volvió a casarse en otoño. Con su nuevo marido vivió feliz el resto de su vida.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica: Dos libros abiertos bajo estrellas y una aurora, ante un paisaje bajo de bosques y agua.
Ilustración de su mundo literario

Compilador y traductor al inglés

William Forsell Kirby

William Forsell Kirby preparó The Hero of Esthonia, publicado en dos volúmenes en 1895. Reunió y tradujo material estonio a partir de distintas colecciones, entre ellas las de Kreutzwald y Harry Jannsen, y explicó que combinaba relatos completos, abreviaciones y noticias breves....

Conocé su historia
Ilustración simbólica: Un libro abierto ante una ventana hacia un bosque y un granero distante.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y elaborador literario

Friedrich Reinhold Kreutzwald

Friedrich Reinhold Kreutzwald fue un escritor estonio que reunió y dio forma literaria a narraciones tradicionales. Kirby lo acredita en los encabezados de varios cuentos de esta selección. Su papel no equivale al de un narrador oral anónimo: la elaboración escrita forma...

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Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

El juez cree que va a descubrir un tesoro oculto, pero encuentra una historia familiar que nadie le había contado. Hay dos grupos de hijas y dos cambios: al nacer y antes de cada boda. Seguir esos pasos ayuda a entender quiénes se sientan junto a la reina. También podés distinguir la acusación falsa del yerno de la dureza del castigo que recibe.

  • ¿Quién cría a cada grupo de hijas y cuándo vuelven a cambiarlas?
  • ¿Qué esperaba conseguir el yerno al denunciar al jornalero?

Una mirada adulta

La ayuda mantiene la vida de una familia y a la vez encubre una decisión que la madre humana no pudo conocer. La revelación no solo desmiente la sospecha de hechicería: reorganiza retroactivamente el parentesco. La reina exige testigos de su justicia, pero es parte interesada y dicta una pena extraordinariamente cruel. El cuento permite conversar sobre gratitud y codicia sin tomar la autoridad sobrenatural como garantía suficiente de proporcionalidad.

  • ¿Cómo cambia la primera mitad cuando conocés los intercambios secretos?
  • ¿Qué distancia encontrás entre la justicia que proclama la reina y el castigo que decide?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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