Un joven campesino estaba rastrillando el heno de su prado cuando vio crecer una nube de tormenta en el horizonte. Apuró el trabajo, consiguió terminar antes de que lloviera y emprendió el regreso a casa.
En el camino encontró a un desconocido profundamente dormido bajo un árbol.
—Si lo dejo acá, va a terminar empapado —pensó.
Se acercó y lo sacudió hasta despertarlo. El hombre se incorporó; en cuanto vio la nube que avanzaba, se puso pálido. Buscó algo en el bolsillo para agradecerle el favor, pero estaba vacío.
—Por ahora voy a quedar en deuda con vos —dijo apresuradamente—. Algún día podré demostrarte mi gratitud. No te olvides de lo que te voy a decir. Vas a ser soldado. Después de pasar años lejos de los tuyos, una gran tristeza por tu casa te va a alcanzar en un país extranjero. Al levantar los ojos vas a ver, a pocos pasos, un abedul torcido. Acercate al tronco, golpeá tres veces y preguntá: «¿Está el Jorobado en casa?» Lo demás vendrá después.
Apenas terminó de hablar, se alejó con tanta rapidez que desapareció en un instante. El campesino siguió su camino. Con el tiempo, olvidó aquel encuentro.
Más adelante se cumplió la primera parte del anuncio: se convirtió en soldado. Ni siquiera entonces recordó al durmiente del bosque. Llevaba ya cuatro años usando el uniforme de un regimiento de caballería cuando lo enviaron con sus compañeros al norte de Finlandia.
Un domingo de Pentecostés le tocó llevar los caballos de vuelta. Los soldados que estaban libres salieron cantando a divertirse en las tabernas. Él se quedó solo con los animales. De pronto lo invadió una añoranza como nunca había sentido. Los ojos se le llenaron de lágrimas y las imágenes de su casa aparecieron ante él con una claridad dolorosa.
Entonces recordó al desconocido: el árbol, la tormenta y cada una de sus palabras. Todo volvió como si hubiera ocurrido el día anterior. Levantó la vista y vio, a poca distancia, un viejo abedul torcido.
Sin esperar demasiado, casi como quien prueba una broma, se acercó. Golpeó tres veces el tronco.
—¿Está el Jorobado en casa?
Todavía no había terminado la pregunta cuando el desconocido apareció delante de él.
—Amigo, qué bueno que viniste. Ya temía que te hubieras olvidado por completo de mí. ¿Es verdad que te gustaría estar en casa?
—Sí —respondió el soldado entre sollozos.
El hombre se volvió hacia el árbol y llamó:
—Muchachos, ¿cuál de ustedes corre más rápido?
Desde el interior del abedul contestó una voz:
—Padre, yo corro tan rápido como vuela un urogallo.
—Está bien, pero hoy necesito un mensajero más veloz.
Otra voz respondió:
—Yo puedo correr como el viento.
—Necesito uno todavía más rápido.
Entonces habló una tercera voz:
—Yo corro tan rápido como los pensamientos de las personas.
—Vos sos el que necesito —dijo el padre—. Llená un saco con cuatro quintales de dinero y llevá a mi amigo y benefactor hasta su casa, junto con el saco.
Después agarró el sombrero del soldado y exclamó:
—¡Que el sombrero se convierta en hombre, y que el hombre y el saco vuelvan a casa!
El soldado sintió que el sombrero salía volando de su cabeza. Se dio vuelta para buscarlo y se encontró en la habitación de su propio padre. Vestía ropa de campesino, como antes de entrar al ejército, y a su lado descansaba el enorme saco de dinero.
Al principio creyó que estaba soñando. Poco a poco comprobó que la habitación, la ropa y el saco eran reales. Nadie vino a preguntar por el soldado desaparecido. Con el tiempo llegó a pensar que su sombrero se había quedado en el regimiento, convertido en un hombre que cumplía el servicio en su lugar.
Antes de morir contó a sus hijos aquella historia extraordinaria. El dinero le había traído bienestar y prosperidad. Por eso, aunque no supiera explicar quién era de verdad el ser del abedul, no podía creer que el regalo hubiera venido de un espíritu maligno.




