Schacabac, el sexto hermano de un barbero, perdió la pequeña herencia de su padre y tuvo que pedir ayuda para comer. Conservaba los buenos modales y una facilidad para conversar que a veces le abría las puertas.
Una tarde llegó a una mansión. Los servidores le dijeron que pertenecía a un barmécida, miembro de una familia famosa por su generosidad. Cuando pidió una limosna, lo invitaron a hablar directamente con el dueño.
Schacabac atravesó patios y salones hasta encontrar a un anciano de barba blanca. Le explicó que estaba sin recursos.
—¿Cómo es posible que alguien pase hambre mientras yo vivo en Bagdad? —exclamó el señor.
Schacabac confesó que no había comido en todo el día. El anciano llamó a un servidor para que les llevara agua. No apareció nadie. Sin embargo, el anfitrión se frotó las manos como si acabaran de lavárselas.
—¿Y vos? Lavate también.
El visitante comprendió que se trataba de alguna broma y lo imitó. Después el señor pidió comida. Tampoco llegó ningún plato. Pero hizo el gesto de tomar un bocado y empezó a masticar.
—Comé, por favor. Estás en tu casa.
Schacabac llevó la mano hasta un plato inexistente y probó un pedazo de nada.
—Este pan es excelente —dijo el anfitrión.
—No recuerdo haber probado uno mejor —respondió él, con el estómago vacío.
Fueron pasando los platos imaginarios. Cada uno tenía una salsa que admirar, una cocción perfecta o un perfume exquisito. Schacabac se sumó al juego sin perder la paciencia.
Finalmente, el anciano propuso beber vino. Su invitado se negó al principio, por sus creencias, pero terminó aceptando una copa tan invisible como la comida. El dueño fingió llenársela varias veces.
Entonces Schacabac decidió llevar la broma más lejos: simuló estar borracho y le dio un golpe en la cabeza. El señor cayó sorprendido.
—¡Te volviste loco!
—Perdoname. Es culpa de ese vino tan fuerte.
El anciano soltó una carcajada. Había encontrado, dijo, al compañero que buscaba: alguien capaz de seguirle el humor. Esta vez llamó de verdad a los servidores. Llegaron los platos que habían imaginado, hubo música y Schacabac pudo comer hasta quedar satisfecho.
Desde aquel día vivió en la casa, administró los asuntos de su anfitrión y fue tratado como amigo. Pasaron veinte años.
Pero el barmécida murió sin herederos. El príncipe se apropió de sus bienes, y quienes hicieron el reparto también despojaron a Schacabac de lo que era suyo. Volvió a quedar pobre.
Se unió a una caravana que viajaba a La Meca. En el camino los asaltaron y lo hicieron prisionero. Su captor lo maltrataba para obligarlo a pagar un rescate, aunque Schacabac repetía que no tenía dinero. Al fin, cansado de esperar, lo abandonó en una montaña desierta.
Una caravana que pasó por allí llevó la noticia a Bagdad. El barbero salió a buscar a su hermano, lo encontró y lo trajo de vuelta, muy debilitado.
Después del banquete vacío, de veinte años de abundancia y de aquella última desgracia, Schacabac volvió a tener un lugar donde comer y descansar. Su hermano se ocupó de cuidarlo.



