Fujiwara Hidesato salió una mañana en busca de aventuras. Llevaba dos espadas, un arco más alto que él y un carcaj de flechas. Cuando llegó al puente que cruzaba un extremo del lago Biwa, tuvo que detenerse.
Un dragón enorme dormía atravesado en el camino. Una garra descansaba sobre la baranda y la cola llegaba hasta el borde opuesto. Por sus narices salían humo y fuego. No quedaba espacio para pasar.
Hidesato sintió miedo, pero decidió seguir. Pisó entre las vueltas de aquel cuerpo, subió por encima y bajó del otro lado. Apenas había dado unos pasos cuando alguien lo llamó.
El dragón había desaparecido. En su lugar había un hombre de pelo rojo, vestido de verde y con una corona en forma de cabeza de dragón.
—Soy el rey de este lago —dijo—. Hace días que espero a alguien capaz de cruzar. Necesito tu ayuda.
En el monte Mikami vivía un ciempiés gigantesco. Cada noche bajaba al palacio del lago y se llevaba a un hijo o un nieto del rey. Ninguno de los habitantes del agua podía detenerlo. El rey se había acostado en el puente para encontrar a una persona valiente, pero hasta entonces todos habían huido.
—Voy a hacer lo que pueda —respondió Hidesato—. Llevame adonde lo esperan.
El agua se abrió ante ellos. Bajaron sin mojarse hasta un palacio de mármol blanco. Peces dorados, carpas rojas y truchas plateadas prepararon una comida para el visitante. Hubo música y danzas, y por un rato el miedo pareció quedar afuera.
A medianoche el suelo empezó a temblar. Hidesato salió al balcón y vio dos luces rojas que avanzaban por la montaña.
—Son sus ojos —susurró el rey.
Detrás de aquellas luces se extendía el cuerpo del ciempiés. Era tan largo que rodeaba la montaña varias veces. Sus patas brillaban como una hilera de faroles.
Hidesato pidió su arco. Al abrir el carcaj descubrió que le quedaban tres flechas. Apuntó a la cabeza del monstruo y disparó. La flecha dio en el centro, pero rebotó. La segunda golpeó en el mismo lugar y también cayó sin hacerle daño.
El ciempiés seguía acercándose. El rey temblaba a su lado. Hidesato tomó la última flecha y recordó algo que había oído: en los relatos antiguos se decía que la saliva humana podía vencer a los ciempiés. Aquel no era un ciempiés común, pero tampoco le quedaba otra oportunidad.
Mojó la punta con su saliva, tensó el arco y volvió a apuntar. Esta vez la flecha atravesó la cabeza. El cuerpo inmenso se sacudió; sus ojos y sus patas perdieron la luz. Entonces estalló una tormenta que hizo temblar el palacio hasta los cimientos.
Nadie durmió tranquilo esa noche. Al amanecer, sin embargo, el cielo estaba despejado. Hidesato salió al balcón con el rey. El ciempiés muerto flotaba en el lago y la montaña había quedado libre.
Los habitantes del palacio celebraron otra fiesta. El rey quería retener a su invitado varios días, pero Hidesato tenía que volver a casa. Su familia no sabía dónde había pasado la noche.
Antes de dejarlo partir, el rey le entregó campanas, un saco de arroz, un rollo de seda y una olla. Los peces se transformaron en servidores y llevaron los regalos detrás del guerrero. Cuando llegaron a su casa, dejaron la carga y desaparecieron.
Pronto Hidesato descubrió qué clase de presentes había recibido. Por mucho arroz que sacaran del saco, siempre quedaba la misma cantidad. Cortaban seda para hacer ropa y el rollo nunca se acortaba. La olla cocinaba sin necesidad de encender fuego.
Una de las campanas fue al templo vecino y anunció las horas a todo el pueblo. Los otros regalos sostuvieron a la familia durante años. La noticia de aquella fortuna se extendió, y la gente comenzó a llamar a Hidesato por un nombre nuevo: el señor del saco de arroz.



