Un rey salió de caza en invierno con algunos de sus principales oficiales. Se alejaron de los poblados y, cuando cayó la noche, empezó a preocuparles el frío.
Vieron la casa de un campesino.
—Pasemos allí la noche —propuso el rey.
Pero uno de sus visires se opuso.
—No corresponde a su dignidad refugiarse en una casa tan humilde. Podemos levantar una tienda y encender un fuego.
El campesino se enteró de la conversación. Preparó la comida que tenía y la llevó hasta el monarca. Después de saludarlo con respeto, le dijo:
—Señor, su dignidad no va a disminuir por entrar en mi casa. Lo que algunos no quieren es que aumente la mía al recibirlo.
Al rey le gustó la respuesta y aceptó la invitación. Durmió en la casa y, por la mañana, entregó a su anfitrión una vestidura de honor y otros regalos.
El campesino lo acompañó un trecho mientras partía a caballo. Seguía agradeciéndole aquella visita: el rey no había perdido nada de su grandeza al compartir su techo, mientras que él conservaría el recuerdo de haberlo recibido.



