El rey O’Toole había pasado buena parte de su vida recorriendo las montañas detrás de los ciervos. Pero los años le endurecieron las piernas y ya no pudo salir de cacería.
Entonces encontró una compañía singular: un ganso que nadaba en el lago, se zambullía para pescar truchas y daba vueltas por el aire. Los viernes traía pescado para la mesa del rey; los demás días lo entretenía con sus vuelos.
Con el tiempo, también el ganso envejeció. Caminaba despacio, como su dueño, y ya no podía hacer aquellas piruetas.
Una mañana el rey paseaba triste por la orilla cuando se le acercó un joven.
—Buen día, rey O’Toole. ¿Cómo está tu ganso?
El rey se sorprendió de que supiera tanto de él.
—¿Quién sos y a qué te dedicás?
—Soy un hombre honrado. Me gano la vida dejando las cosas viejas como nuevas.
—¿Sos remendón?
—Tengo un oficio mejor. ¿Qué dirías si hiciera que tu ganso volviera a estar como antes?
El rey silbó. El ave llegó balanceándose, con pasitos cortos. El desconocido la miró y aseguró que podía ayudarla.
—Si lo conseguís, diré que sos el más hábil de todas estas tierras.
—Eso está muy bien, pero necesito algo más. ¿Me darías todo el terreno sobre el que vuele en su primera salida?
O’Toole aceptó. Se dieron la mano y prometió que cumpliría su palabra.
El joven tomó al ganso, lo bendijo con la señal de la cruz y lo lanzó al aire con un soplido. De pronto el ave desplegó las alas y empezó a volar tan ligera como una golondrina.
Dio vueltas sobre el lago y siguió más allá, por las tierras del rey. O’Toole la miraba con la boca abierta. Cuando el ganso regresó a sus pies, se agachó para acariciarlo.
—¿Y qué decís del trato? —preguntó el desconocido.
—Las tierras son tuyas. Aunque fuera lo último que me quedara, te las daría.
—¿Vas a mantener esa palabra?
—Tan seguro como sale el sol.
El joven sonrió. Si el rey se hubiera negado, explicó, el ganso no habría vuelto a volar. Había venido a poner a prueba su promesa.
Entonces reveló su nombre: era san Kavin, que había llegado disfrazado. O’Toole se arrodilló, asombrado de haber conversado con él como con cualquier muchacho del camino.
El santo recibió las tierras y cuidó del rey durante el resto de su vida. El ganso volvió a alegrarlo con sus vuelos, pero el milagro no lo volvió invulnerable. Un viernes confundió con una trucha a una anguila grande. Se lanzó a atraparla y la anguila lo mató. No se lo comió, porque no se atrevía a devorar un ave que san Kavin había bendecido. Así terminó la vida del viejo compañero, después de aquel último tiempo de alas renovadas.



