El campesino llegó al mercado empujando un carro cargado de peras. Eran grandes, dulces y tan perfumadas que daban ganas de acercarse antes de verlas. Acomodó la mercadería y esperó conseguir un buen precio.
Entonces apareció un monje con el gorro roto y la ropa gastada. Miró las peras y pidió una.
—Andá a pedir a otra parte —respondió el vendedor.
El monje no se movió. El campesino empezó a insultarlo, y varias personas se detuvieron alrededor del carro.
—Tenés cientos —dijo el monje—. Yo te pedí una sola. ¿Hace falta enojarse tanto?
Alguien aconsejó al vendedor que le diera una de las más pequeñas y terminara la discusión. Pero él seguía negándose. Un artesano, molesto por el ruido que llegaba hasta su taller, salió con unas monedas, compró una pera y se la entregó al monje.
El monje agradeció y anunció:
—Quien dejó las riquezas del mundo no debería ser mezquino. Yo también tengo peras excelentes y quiero convidarlos a todos.
—Si tenés peras, ¿por qué pedís? —preguntó alguien.
—Porque primero necesito una semilla.
Comió la fruta con gusto. Después guardó una semilla, abrió un hoyito con la herramienta que llevaba al hombro y la enterró allí mismo, en el mercado. Pidió agua. Dos curiosos fueron hasta una posada y volvieron con agua caliente.
En cuanto regó, asomó un brote. El brote se estiró, se volvió un arbolito y siguió creciendo. Ante los ojos de la gente aparecieron ramas, hojas y flores. Las flores dieron lugar a peras maduras que colgaban en racimos espesos.
El monje trepó y empezó a repartirlas. Los que estaban cerca las pasaban hacia atrás. Había fruta para todos los espectadores. El campesino también se había metido entre la gente: estiraba el cuello para ver mejor, olvidado de la venta y de su carro.
Cuando ya no quedó una pera en el árbol, el monje bajó. Tomó su herramienta y empezó a cortar el tronco. Unos golpes después, el peral cayó. Se lo echó al hombro y se alejó tranquilamente.
El campesino volvió a su puesto. El carro estaba vacío.
Buscó una pera entre las hojas, debajo de la carga, en el suelo. No encontró ninguna. Recién entonces entendió de dónde habían salido las frutas que todos acababan de comer. Se agachó a revisar el carro y descubrió, además, que le habían cortado una de las varas con las que lo empujaba.
Salió corriendo detrás del monje. Al doblar una esquina encontró el pedazo de madera junto a la muralla. Aquel había sido el tronco del árbol maravilloso.
Del monje no quedaba rastro. Desde el mercado llegaba la risa de los que habían visto lo ocurrido.




