Una pareja rica deseaba tener un hijo. La mujer propuso llevar un novillo a cada una de cinco iglesias, repartir su carne entre los pobres y dejar a alguien de guardia por la noche, por si llegaba una respuesta.
El pastor de la familia recibió el encargo. En la primera iglesia distribuyó la carne y veló hasta el amanecer, pero no oyó nada. Lo mismo ocurrió en la segunda, la tercera y la cuarta.
En la quinta, a medianoche, vio reunirse a los ángeles de las cinco iglesias.
—Tenemos que darles un hijo —dijeron.
El primero propuso que viviera hasta los veinte años; el segundo, que muriera al recibir una corona en la catedral; el tercero, que muriera después de tener esposa e hijos. El cuarto quiso concederle una vida larga, aunque fuera una mala persona.
—Si vamos a darles un hijo, demos algo mejor —intervino el quinto—. Que conserve una juventud inmortal y que se cumpla todo lo que le pida a Dios.
Los demás aceptaron. Pero el pastor, al volver, ocultó aquel poder y agregó una condición inventada:
—Dentro de un año tendrán un hijo. Los ángeles ordenaron que yo esté presente cuando nazca.
La pareja aceptó, agradecida. Al cumplirse el año, el pastor llevó escondido un cabrito, lo dejó entre las mantas de la cama y se llevó al recién nacido.
Una o dos semanas después, el chico pidió salir del bolsillo donde lo llevaba y empezó a caminar. Cuando tuvieron hambre, el pastor decidió poner a prueba lo que había oído.
—Pedile pan a Dios.
El niño lo pidió y apareció pan. Después pidió agua y brotó una fuente. Convencido ya, el pastor lo hizo desear una casa amueblada, un pueblo sobre el que él pudiera gobernar y una princesa por esposa. Todo se cumplió.
Pasado un tiempo, la princesa le preguntó cómo había conseguido casarse con ella un simple pastor.
—Primero comprobá que el chico duerme. Calentá un hierro y apoyáselo en la planta del pie. Después te cuento.
El niño los oyó. Pidió en silencio que su pie se endureciera para no sentir nada y no se movió cuando lo tocaron. Creyéndolo dormido, el pastor contó toda la verdad.
Al amanecer, el chico salió a buscar a sus padres. Preguntando por el camino llegó a su casa, donde lo recibieron como huésped.
—¿Perdieron algo? —preguntó.
—Un pastor —respondió el dueño—. Todavía le debo cuatro años de sueldo.
—Lo vi. Viene para acá con su familia y sus riquezas.
Esa noche el niño pidió que la casa del pastor, su familia y todo su pueblo aparecieran en el patio de sus padres. A la mañana siguiente, los dueños salieron y no reconocieron el paisaje. Volvieron a entrar: el huésped seguía acostado, de modo que aquella sí era su casa.
—¿Quién sos? ¿Qué pasó acá?
El chico sonrió y les recordó lo que había anunciado. Mandaron llamar al pastor, que también acababa de descubrir el traslado. Se arrodilló ante sus antiguos patrones, confesó el secuestro y se puso en sus manos.
Los padres abrazaron a su hijo una y otra vez. Él pidió que perdonaran al pastor y le pagaran lo que le debían. El padre aceptó, pero el niño añadió:
—Él dejó un cabrito a cambio de mí. Si mi madre crió al cabrito, él me crio a mí. Si yo me quedo con ustedes, por lo menos devuélvanle su cabrito.
—Le daré además la mitad de mis rebaños —respondió el padre.
Así lo hizo, y también recibió al pastor en su casa. El chico se quedó con sus padres, y vivieron juntos felices.



