Una mañana calurosa de abril, un carabao descansaba bajo un árbol, cerca de la desembocadura de un río. Un pajarito se posó en una rama y lo saludó.
—¿También sentís este calor? —preguntó el búfalo.
—Muchísimo. Vine a tomar agua.
El carabao se rio.
—Sos tan chiquito que una gota debería alcanzarte.
—¿Vos creés? Apuesto a que puedo beber más que vos.
El animal, sorprendido por el desafío, aceptó. El pájaro le indicó que empezara.
El carabao bajó hasta la orilla y bebió todo lo que pudo. Pero la marea estaba subiendo: por más agua que tomaba, el nivel del río seguía creciendo.
Cuando ya no pudo beber más, el pájaro señaló la corriente.
—¡Parece que agregaste agua en vez de sacarla!
—¿No ves cómo tengo la panza? —protestó el carabao.
—Ahora me toca a mí.
El pajarito acercó el pico a la superficie. En realidad apenas fingía beber. Sabía que la marea estaba por cambiar y se quedó allí esperando.
Poco después comenzó la bajante. El agua del río descendió, y el carabao lo miró sin comprender qué estaba pasando.
Tuvo que reconocer la derrota. El pájaro levantó vuelo y se alejó, mientras el búfalo permanecía a la orilla, tan lleno de agua que casi no podía moverse.



